Ungo tenía todo lo que necesitaba, un trabajo de picador, una complaciente mujer, un hijo que estaba aprendiendo el oficio y una hija que ya estaba comprometida con otro de sus aprendices. No entendía esa necesidad que tenían algunos de poner hongos en la aldea.
Desde que había llegado ese “avance”, Inga, su mujer, se comportaba más fríamente. Ella y Enga, su hija, eran las más entusiastas con aquella novedad, mientras que su hijo Ongo y él, se mostraban mucho más reacios.
—Las chicas no me hacen caso, padre, y es por culpa de esos malditos hongos. —Se quejaba amargamente Ongo.
—Yo no sé para qué narices necesitamos ver, siempre hemos estado a oscuras y nos ha ido muy bien. —Respondía él.
Por suerte, no eran los únicos, cada vez que se instalaba una torre fúngica, alguien la destruía a las pocas horas. Se había corrido el rumor de que caminar por las zonas iluminadas era peligroso para las mujeres. Ongo no lo quería reconocer, pero su padre sabía que era cosa de él y de sus amigotes.
—¿Quién las manda ir solas por ahí? La luz es peligrosa, por lo menos se podían tapar un poco para caminar bajo ella. —Eran los principales argumentos que utilizaba cada vez que Inga y Enga sacaban el tema.
Como cada día, Ungo cogió su pico y siguió el sonido a través de las galerías hasta llegar a su puesto de trabajo.
Sniff, Sniff
—¡Ango! —Saludó a su futuro yerno—. ¿No habréis empezado sin mí?
—No, señor, le estábamos esperando.
—Sí, es que me he tenido que desviar para evitar pasar por una de esas torres.
—¿Por qué no intenta probar? No es tan malo.
—¿Qué no es tan malo? ¿Alguna vez habías necesitado ese brillo para algo? No, ¿verdad? Solo nos traerá problemas.
—Eso es cosa de chavales, Ungo, nosotros, los viejos, ya no estamos para esas cosas modernas. —Le apoyó Engu, un peón aún mayor que él.
—Bueno, ya vale, a picar todo el mundo, los jefes quieren la galería abierta lo antes posible.
—Pues yo hoy he prometido a Enga llevarla a…
—Enga puede ir otro día, hoy no se va nadie de aquí hasta terminar el trabajo.
—Pero…
—Ni peros ni ostias, Enga no se va a ir a ningún lado.
—Además, a ti no parece que te vaya muy mal a pesar de los hongos. —Añadió, en un tono bastante ácido, Ongo.
Se escucharon algunas risas provenientes de los otros aprendices.
El sonido de las herramientas golpeando la roca fue lo único que se escuchó durante las siguientes horas, hasta que una explosión de luz inundó la galería y todos los trabajadores empezaron a gritar, aterrorizados.
—¿Qué ocurre, Ango? —Bramó Ungo, tapándose los ojos con el antebrazo.
—No lo sé, yo solo he golpeado y…
—¡Maldita sea! Que alguien aplaste esos malditos hongos. —Chilló Ongo.

Por el rabillo del ojo, Ungo podía ver sombras deslizándose por el suelo, unas se movían hacia un lado, otras desaparecían. La caverna era un caos. Poco a poco, los ojos de los obreros empezaron a acostumbrarse al brillo y algunos empezaron a abrir los ojos.
—¡Ohh! —Decían los primeros.
—¡Por Cruk! —Gruñó Ungo—. Hay que sellar eso.
Un haz de luz plateada se colaba por el hueco, era muy recto y definido, pero lo suficientemente brillante como para iluminar toda la galería. Ango se acercó a echar un vistazo.
—Tenéis que ver esto. —Dijo.
—¡Ni hablar! —Gritó Ungo, que se agachó a coger un puñado de mortero.
Pero ya era tarde, unos cuantos echaron un vistazo por el agujero antes de que lo pudiera tapar con el mortero. La oscuridad los envolvió de nuevo y Ungo respiró aliviado.
—¡Todo el mundo a su casa! —Ordenó.
Lo otros, sin embargo, ya no acogieron la oscuridad del mismo modo y, en el camino de vuelta, tuvieron que recurrir a sus manos para tantear las paredes de la caverna, buscando una seguridad que hacía un rato no sabían que necesitaban.
Ungo salió el último, junto a Ongo, que lo ayudó a tapiar la entrada del túnel. Después, envió a su hijo a casa y se encaminó hacia el centro de la aldea, debía hablar con el consejo.
—¿Qué había al otro lado? —Preguntó Grong, el más venerable de los ancianos, tras escuchar su exposición de los hechos.
—No lo sé, no lo he mirado, supongo que una gruta repleta de esos malditos hongos, aunque la luz era mucho más intensa que la de esos que andan instalando algunos vecinos.
—¿Quieres que sellemos la galería sin averiguarlo? Si de verdad son tan luminosos, podríamos hacernos ricos vendiendo esos hongos a otras aldeas.
—Anciano, con todos los respetos, la luz es peligrosa, mete ideas estúpidas en la cabeza de algunos jóvenes, sobre todo en la de las mujeres.
—Podríamos usar algo para taparnos los ojos, extraerlos y venderlos en otras aldeas, no tenemos por qué utilizarlos aquí. —Contestó Morg, otro anciano.
—Es demasiado arriesgado, los curiosos de las otras aldeas querrán venir a verlo, al final acabará extendiéndose por toda la caverna y también aquí se destaparán los ojos.
—¿Y si se los arrancamos? Total, no sirven para nada. —Planteó Brum, un tercer anciano.
—Antes de hacer cuentas deberíamos averiguar qué hay ahí. —Lo cortó Grong.
—¿Y quién lo va a hacer? ¿Y si enloquece?
—Podríamos, simplemente, prohibir los otros hongos y derrumbar la galería. —Insistió Ungo, viéndose venir la respuesta.
—Ungo, no seas antiguo. —Dijo Morg—. Con lo dura que tienes la mollera, estoy seguro de que eres el más indicado para averiguar qué hay sin perder la cabeza.
Ungo siguió debatiendo con los ancianos durante horas. Mientras tanto, los que sí habían mirado corrieron la voz por toda la aldea. Cuando Ungo, acompañado de los ancianos, llegó a la galería, alguien había despejado el camino y por el túnel llegaba el eco del metal golpeando la roca.
—¡Maldita sea!
Ungo comenzó a correr, con el pico en la mano, hasta llegar al final del corredor. Justo en ese momento, una chispa estallaba en la pared del fondo, iluminando levemente al grupo de curiosos que observaba a Ango.
—¡Ango! ¿Qué estás haciendo?
—Padre, queremos verlo. —Respondió Enga, una de las curiosas.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! —Bramó, levantando el pico y haciéndolo oscilar para que todos escucharan que no estaba bromeando.
—¡Padre!
Clink
El golpe desprendió la capa de mortero endurecido y, por la oquedad, se coló un haz de luz terriblemente brillante, mucho más que cuando se abrió la primera vez. Los curiosos retrocedieron, deslumbrados. Ungo, a quien el haz golpeó directamente en la cara, cayó al suelo, llevándose las manos a los ojos, que ardían como teas, y chillando de dolor.
Poco a poco, algunos se fueron acostumbrando a la luz, siempre y cuando no mirasen directamente al haz, pero Ungo no, sus ojos seguían abrasados, captaba la luz pero solo distinguía una bruma rojiza y palpitante. El dolor de cabeza lo hizo perder el conocimiento.
Enga y Ango lo alejaron del haz, arrastrándolo a la parte más oscura. Cuando despertó, el familiar olor al puding de musgo de Inga le indicó que lo habían llevado a casa.
—Enga, Ango, ¿dónde os habéis metido? —Bramó.
—Han vuelto a la galería, Ungo. —Respondió su mujer.
—¿Por qué? ¿No han visto ya suficiente?
—Son jóvenes, sus ojos aguantan mejor la luz. Además, por lo que me ha dicho Enga, ya no brilla tanto.
Ungo se levantó del catre, enfurecido.
—¿Dónde está Ongo?
—Con sus amigos, creo.
De repente, la puerta de la casa se abrió violentamente, golpeando la pared.
—Ungo. —Lo reclamó la voz de Brum, el anciano—. Coge tu pico, debemos detener a esos jóvenes.
—Hola, papá, nosotros vamos contigo. —Dijo la voz de Ongo, que había llegado con Brum.
A medida que se iban aproximando a la galería, la tenue luminiscencia iba aumentando. Finalmente, llegaron al boquete, que alguien había ensanchado hasta alcanzar el tamaño adecuado par que pasara una persona. Una corriente de aire helado hizo sentir un escalofrío a todos los recién llegados, al otro lado del agujero se escuchaban risas.
—¡Vamos!
Ungo pasó el primero. Sobre él, en un techo a una altura inalcanzable brillaban cientos de miles de puntos luminosos, a su derecha, una gigantesca bola flotante derramaba su aterradora luz blanca sobre el grupo de curiosos, que miraba hacia arriba fascinado. Ungo se tapó los ojos con el brazo para acostumbrarse a la cegadora luz de aquella demoniaca esfera fúngica. El resto de sus acompañantes lo siguió por la oquedad y, también deslumbrados, tuvieron que hacer lo mismo.
—¡Enga!, ¡Ango! ¿Dónde estáis?
—Padre, ¿No es hermoso?
Tan pronto como localizó la forma que había hablado con la voz de su hija, Ungo lanzó su mano libre para propinar un sonoro bofetón a la imprudente muchacha. Enga cayó al suelo, entre lágrimas, y alguien empujó a Ungo, haciéndolo trastabillar hasta que lo sujetó Ongo, por detrás.
—¡Maldito gusano! —Gritó Ango.
—¡Deja a mi hermana, detritus! —Respondió Ongo.
—¡Ongo, no! —Chilló Enga, mientras el pico de su hermano se hundía en el cráneo de su prometido.
Enga cogió un pedrusco y lo partió en la cabeza de Ongo; el resto de los amigos del muchacho, azuzados por los ancianos, empezó a golpear con sus herramientas a los curiosos que habían acudido en ayuda de Enga y Ango. La batalla duró poco y el suelo terminó encharcado con la sangre de los caídos en unos minutos.
Ungo giró la cabeza a uno y otro lado, buscando a su hija. Finalmente, la encontró, atravesada por una barrena junto a la oquedad.
—Esto es un mundo nuevo, Ungo. —Dijo Brum, detrás de él—. ¿Qué hacemos?
—¡Vamos a destruirlo!
Fin
