Loveland es un relato inspirado en la aventura para La Caida de Delta Green, Operación Cukcoo, que también se puede descargar en esta web. Por lo que, si planeas jugarla, será mejor que no lo leas, o que esperes a después.
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Henry Turner.
En la oscuridad de la gélida noche, en aquella carretera de Hagaru-ri, iluminados por las llamas y por las balas trazadoras del enemigo silbando sobre sus cabezas, Henry y otros 6 hombres de la fuerza especial Drysdale se apresuraron a bajar del camión y apartar los restos humeantes del vehículo que los precedía.
—¡Vamos! ¡Vamos! Hay que despejar el paso ant… —Gritó el sargento Flint justo antes de que una bala le atravesara la cabeza, salpicando con su sangre y sesos a los 6 jóvenes Marines.
Henry se levantó sobresaltado, sudando a chorros por la calefacción central del edificio de apartamentos en el que vivía en Brooklyn; pese al calor, sus dedos estaban entumecidos, como si estuvieran congelados, igual que aquella terrible noche en el valle de fuego infernal. Aún sentía el calor de su sangre, el calor de los sesos del sargento resbalando por su escarchado rostro.
Tras unos minutos sentado en el borde de la cama, frotándose los ojos, cogió la botella de moonshine de su mesilla y escurrió las últimas gotas del traslúcido brebaje; una oleada de plácido calor le recorrió el cuerpo desentumeciendo sus manos. Se levantó, puso la radio, sonaba The Lion Sleeps Tonight de The Tokens, apagó la radio y se metió en la ducha.
Media hora más tarde se encontraba sentado al fondo de la barra de la cafetería de Eddie, hojeando el periódico mientras daba buena cuenta de unos huevos revueltos con salchichas y su segunda taza de lo que fuera aquello a lo que Eddie llamaba café. Sintiéndose ya mucho mejor, pidió la cuenta, se puso la gabardina y se dispuso a ir al trabajo, le esperaba otro divertidísimo día de escuchas telefónicas.
Si llego a saber qué Seguridad Nacional iba a ser tan “divertido” me hubiera quedado en Operaciones encubiertas, pensó. Al menos allí podía beber en el trabajo.
Al recoger el cambio se percató de que hoy había algo más; encendió un cigarrillo, dejó un par de dólares de propina y salió a la calle. Efectivamente, una de las monedas de 25 centavos del cambio no era una moneda de cuarto de dólar, tenía un triángulo grabado en lugar de un águila. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, los dedos de la mano izquierda empezaron a entumecerse de nuevo.
¡Bien! Por fin un poco de acción.
Introdujo la moneda en la cabina que había en el callejón trasero del edificio en el que se encontraban las oficinas de campo del FBI y pulsó su número de agente del CEPAC, 162, el número de compañeros que perdió aquella aciaga noche en Corea.
Henry estaba un poco desconcertado, no entendía muy bien qué interés particular podía tener el CEPAC en la desaparición de un muchacho. Desde luego el caso le venía como anillo al dedo, buscar al hijo de un senador no iba a precisar una coartada para un agente de Seguridad Nacional; solo tenía que asegurarse de que su supervisor le diera el caso, y no iba a ser difícil, era el único con experiencia de campo en la zona.
Un par de horas más tarde iba hojeando el expediente del caso en el asiento trasero de un taxi, camino a la casa del senador Lynch. Por lo visto, Kendall, el hijo del senador, había ido de viaje con unos amigos y debería haber vuelto hace dos días para Navidad.
Karen Lynch, la esposa del senador, lo estaba esperando en la puerta de la moderna mansión en la que vivían en Queens.
—El Agente Turner, supongo.
Tras conversar un rato con sus padres, ya se había hecho un perfil de Kendall. Al parecer, Kendall, de 16 años, era el ojito derecho de su madre, un joven sobreprotegido y sin demasiada experiencia en el mundo real. Últimamente, había hecho amigos en el instituto, buenos chicos, de buenas familias, y, por primera vez en su vida, sus padres lo habían permitido ir a pasar unos días con sus amigos a Washington DC. Según el informe, los muchachos no habían llegado nunca a DC, lo cual extrañaba mucho a sus padres, que aseguraban que les había llamado nada más llegar, hoy se cumplía una semana de esa llamada.
En la habitación, un póster de Roy Orbison at the Rock House y otro del Elvis cubrían la pared sobre la cama, que estaba a la izquierda; al fondo, una ventana de madera encalada daba al jardín trasero sobre un escritorio bien ordenado y presidido por un globo terráqueo. En la pared derecha estaban los armarios y algunas estanterías llenas de figuras de acción, comics, libros de texto, trofeos de Beisbol y una foto con sus padres en el Gran Cañón del Colorado. Revisando los bolsillos de la ropa colgada en los armarios, encontró un par de cromos de beisbol, unos chicles y un mechero. En el cajón del escritorio, un par de cuadernos con deberes de matemáticas e historia, un bolígrafo recuerdo del Cañón del Colorado, sin tinta, y el carné de la biblioteca del barrio.
Al visitar las casas de sus amigos se encontró, más o menos, con el mismo perfil de muchachos, unos chicos de 16 años aparentemente normales, sobreprotegidos y, muy probablemente, bastante ingenuos.
Posiblemente, encontrarán sus cadáveres flotando en algún río con los bolsillos vacíos, pensó.
Sin ninguna pista por el momento, Henry decidió acercarse a la biblioteca del barrio y preguntar si alguno de los muchachos había sacado algún libro en las últimas fechas. El obstinado bibliotecario, un joven de pelo largo y pinta de drogadicto, necesitó que Henry enseñara la placa del FBI para dejar de poner objeciones y sacar el cuaderno de registro de la biblioteca. Efectivamente, el propio Kendall Lynch había sacado una guía de Siracusa y el lago Oneida, mientras que Cole Burke, uno de los amigos, varios libros sobre caza y pesca.
De acuerdo, pensó Henry, los muchachos han debido estar escuchando demasiado Country. Lo bueno es que, a estas alturas del año, los cadáveres estarán congelados y no apestarán demasiado.
Un par de llamadas al departamento de policía de Siracusa más tarde, Henry pasó a recoger su equipo y pilló un billete de ida en el próximo autobús hacia allí, a las 12 de la noche. Efectivamente, había dos cadáveres sin identificar; por desgracia, habían aparecido dentro de una casa junto al lago, por lo que seguramente apestasen. Por el lado bueno, solo eran dos, aún había alguna posibilidad de que el hijo del senador estuviese con vida.
Se sentó junto a la ventanilla, en el asiento más alejado de la puerta que pudo, y contuvo la respiración cruzando los dedos para que nadie se sentara a su lado antes de que se cerrase la puerta del autobús. Tan pronto arrancaron, hizo una bola con su gabardina y la colocó a modo de almohada apoyándose en la ventanilla, antes de salir de las cocheras ya estaba dormido.
Siracusa
¡TURNER!
¡TURNER! ¡Al suelo!
El estruendo de los disparos y los gritos irrumpió de golpe en los oídos de Henry, que, medio aturdido, se tiró al suelo mientras las balas impactaban en dos compañeros menos afortunados. Por unos segundos, que parecieron horas, se quedó paralizado en el suelo sin poder apartar la vista de la mirada acusadora que le lanzaban los ojos sin vida del sargento, que yacía frente a él.
Tan pronto cesó el fuego enemigo, los oficiales que quedaban ordenaron tomar posiciones a cubierto en los laterales de la carretera y abrir fuego de cobertura para que un grupo de soldados pudiera despejar el camino.
—¡Putos Chinos! Como no logremos despejar el camino nos van a hacer pedazos. —Exclamó Rogers, a su izquierda.
—El resto del convoy ha continuado hacia Hagaru-ri, ¡Maldita sea! ¡Nos han dejado aquí tirados! —Gritó Hanson.
Una hora más tarde, con el camino ya despejado, Henry trataba de contener las lágrimas mientras se guardaba en el bolsillo la placa de identificación de Hanson y ayudaba a subir al camión a Rogers, que trataba en vano de mantener sus intestinos dentro de su abdomen.
—¡Aguanta! ¡Aguanta Rogers! —Gritaba Henry mientras agarraba por las solapas y sacudía a la señora que se había sentado a su lado al pasar por Scranton.
—¡AHH! ¡Socorro! ¡Ayuda! —Gritó la señora mientras lo apartaba con un sonoro guantazo.
—Disculpe, señora, estaba teniendo una pesadilla, le pido mil perdones.
—Maldito chiflado, la culpa es de mi marido por no llevarme en coche, me deja montarme en un autobús lleno de locos. —Farfullaba la mujer mientras recogía sus cosas y se cambiaba de sitio.
Al llegar a Siracusa, tras volver a pedir disculpas a la señora, se bajó del autobús y se metió en la cafetería de la estación a desayunar algo antes de pedir un taxi para ir a la comisaría.
Al llegar a la comisaría se la encontró cerrada, por lo visto no abrían hasta las 8 de la mañana; así que, para evitar morir congelado, buscó otra cafetería por la zona e hizo el enorme esfuerzo de desayunar por segunda vez, esta vez algo dulce, para variar.
Una hora más tarde, en la morgue y tras identificar los cadáveres de Cole Burke y de Jason Francis, revisaba los informes del forense. Los cadáveres, que fueron encontrados el día anterior, por la mañana, llevaban muertos al menos dos días, presentan pequeñas quemaduras en los dedos y en la boca, lesiones compatibles con el consumo de marihuana, pero ni rastro de lesiones incompatibles con la vida. El forense esperaba tener los resultados de toxicología a lo largo del día. Tras hacer un par de llamadas para solicitar premura a los laboratorios, el Agente Irving le acercó en el 4×4 de la policía local a la casa donde habían aparecido los cadáveres, una cabaña propiedad del servicio de conservación del lago Oneida y alrededores.
—Pise sobre la nieve blanda y tenga cuidado con los carámbanos de hielo. —Le advirtió el agente Irving cuando aparcaron a un par de metros de una cerca, en un lateral de la carretera.
Tras la cerca, un sendero ascendente cubierto de nieve se perdía entre los árboles.
—¿Está muy lejos? —Preguntó Henry.
—No, tranquilo, en 15 minutos habremos llegado a la cabaña.
—¿Han sacado fotografías a esas huellas de neumático? —Señaló Henry mientras apuntaba con el dedo en dirección a unas huellas estrechas marcadas en el barro congelado, al otro lado de la carretera.
—Claro, hemos enviado las fotografías a su oficina en Nueva York, para que las identifiquen.
—Parecen muy estrechas para un vehículo americano, y están profundamente marcadas. Agente Irving, usted que es de la zona ¿Cuándo hizo el suficiente calor como para que se descongelase ese barro? No he podido evitar observar que su coche apenas ha dejado marcas donde ha aparcado.
—Pues ahora que lo dice, hace tres días salió el sol a medio día y estuvo pegando bastante fuerte hasta que se puso, a eso de las cinco de la tarde.
25 minutos después, con los pies congelados, el trasero dolorido y la gabardina llena de barro por un resbalón que había sufrido al poco de comenzar la ascensión, aún no había rastro de la casa, solo árboles y nieve.
—¿No decía que eran 15 minutos, agente?
—Bueno, más o menos, ayer estaba más transitable, esta noche ha debido caer una buena nevada por aquí. Pero no se preocupe, enseguida estaremos.
Henry, conteniendo las ganas de sacar la pistola y volarle la cabeza al agente Irving, resopló y continuó sin apartar los ojos del suelo hasta que, de pronto, a la vuelta de una curva, el bosque se abrió y se dieron de bruces con una portezuela metálica incrustada en una cerca de alambre de espino que rodeaba una cabaña de madera y, tras cuya silueta, se veía el lago desde lo alto.
—Tenga cuidado, no se acerque mucho al barranco, tiene sus buenas 100 yardas de altura. No se preocupe, ya hemos mirado abajo, no hemos encontrado rastro alguno de que alguien pudiera haberse caído.
Era evidente que allí dentro habían montado una buena fiesta; por los restos de comida y bebida, Henry diría que no participaron menos de 4 personas. Había colillas y restos de marihuana en la mesa de la cocina y en la mesita del salón, pero no había señales de lucha. Fuera lo que fuera lo que les había pasado a los muchachos, debían estar tan borrachos y drogados que no lo vieron venir. En la chimenea, los restos parcialmente incinerados de un mugriento poncho multicolor; bajo el sofá, una caja de cerillas promocional con el Golden Gate de San Francisco.
—¿Cómo demonios llegaron hasta aquí esos muchachos? ¿Hay algún autobús que pare en la carretera por la que hemos llegado?
—Pudieron haber llegado en un Taxi, o pudo haberles traído alguien, —dijo Irving mientras se rascaba la cabeza—. Desde luego, por estas fechas veo complicado que llegaran a pie, o en bicicleta.
—Volvamos al pueblo, tengo que hacer unas llamadas.
Un par de horas después, sentado en una cafetería, aun tiritando y con las dos manos alrededor de una taza de café bien caliente, Henry trataba de organizar sus ideas mientras el agente Irving llamaba para que vinieran a recogerlos. El coche se había negado a arrancar y la radio estaba fuera de cobertura, los había llevado una hora andando por la carretera llegar a esa cafetería y aquí nadie recordaba haber visto al muchacho, estaba claro que, de haberse ido caminando, no podría haber llegado demasiado lejos sin ayuda.
Irving se sentó al otro lado de la mesa y se quitó el sombrero.
—Mejor vaya poniéndose cómodo, tenemos sobre nosotros una tormenta de nieve y no podrán enviar a nadie hasta que pase de largo. No se preocupe, no se prevé que dure más que un par de horas.
La lluvia, mitad agua, mitad hielo, recorría todo su cuerpo, el peso de su empapado uniforme hacía de cada paso un esfuerzo titánico, pero no podían detenerse o morirían por la hipotermia. Apenas habían avanzado un par de kilómetros desde que se habían visto obligados a dejar los vehículos atrás, cuando empezaron a fallar al congelarse su maquinaria, y ahora el cielo había decidido desplomarse sobre sus cabezas. ¿Cómo podía estar lloviendo con el frío que hacía?
Casi sentía envidia de Rogers, que no lo había conseguido, y Hanson. Apretaba con tanta fuerza sus placas de identificación que se hundían en la carne de su mano. El dolor lo reconfortaba, significaba que aún era capaz de sentir algo. ¿Qué es eso que se mueve entre los sembrados?
—Mire el lado bueno, Turner, —comentó Irving al ver el gesto sombrío que se había dibujado en su cara—. La tormenta podría habernos pillado en medio de la carretera, antes de llegar aquí.
Henry soltó el tenedor que apretaba con fuerza, se había hecho una herida profunda en la mano.
—Perdone, Irving, estaba perdido en mis pensamientos.
Enrolló una servilleta alrededor de la palma de su mano y se disculpó un momento para ir al baño a limpiarse.
Felicity, así se llamaba la propietaria de la cafetería, sacó mantas para todos los que se habían quedado atrapados allí; un hombre de unos 50 años, que debía ser el conductor del tráiler que había visto aparcado fuera, una joven pareja con un niño de entre 4 y 8 años, Henry no era demasiado bueno evaluando la edad de los niños, y ellos mismos. Se arrebujó en su manta de lana gruesa, que picaba allí donde hacía contacto con su piel, de forma que la irritación aumentaba la sensación de calor, dejó el donut a medio comer en su plato, se recostó y cerró los ojos para echar una cabezada.
Apenas quedaban vivos unos 50 hombres; empezando por los heridos, uno a uno, dos tercios, de los aproximadamente 150 hombres que se habían quedado en el grupo de retaguardia cuando estalló el camión, habían ido cayendo, bien bajo las balas del enemigo, bien por la hipotermia. Pasaron frente a un destartalado cobertizo de madera, era tentador, hacía rato que los chinos no daban señales de vida. El teniente Madden ordenó continuar, era el único oficial que seguía con vida.
—Si mantenemos el ritmo llegaremos a Hagaru-ri antes de que amanezca.
Algo se movió entre los sembrados, Henry sintió que algo muy malo iba a suceder.
—¡Emboscada! —Gritó el teniente.
De entre los sembrados empezó a llover fuego, los agotados hombres de la fuerza especial Drysdale comenzaron a caer como moscas, Henry no sabía si heridos de muerte o buscando cobertura. Esta vez no se oían gritos, no tenían fuerzas ni para gritar. Devolvieron el fuego, no sabía a qué ni a dónde disparaban, pero empezaron a escucharse gritos entre los sembrados. De pronto, cesó el fuego enemigo, pero no los alaridos, aquí y allá se escuchaba mucha agitación entre la maleza y aullidos de terror.
Henry se arriesgó a levantar la cabeza y echar un vistazo para ver cómo estaban sus compañeros.
—Agente Turner, despierte, se ha echado usted una buena siesta, ¿eh? Ya han llegado los que venían a buscarnos.
Ligeramente aturdido, Henry se enderezó y se quitó la manta, estaba empapado en sudor.
—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?
—Lleva al menos 4 horas dormido, señor, la tormenta terminó hace un rato y mis compañeros han llegado siguiendo a la quitanieves.
—¿Alguna noticia del laboratorio? ¿O de Nueva York?
—Disculpe, no se me ha ocurrido preguntar.
Al parecer, los jóvenes habían muerto por sobredosis de algún tipo de opiáceo, probablemente heroína, y las huellas se podrían corresponder con una pequeña furgoneta europea, una Volkswagen Transporter Kombi.
Nada más llegar, Henry fue directamente al teléfono de la comisaría e hizo una llamada a la oficina de campo de Nueva York.
—Necesito que me consigas un vuelo a San Francisco, tengo una corazonada.
San Francisco
Si esta chapuza de secuestro no es cosa de la CIA, me como el sombrero, iba rumiando en su cerebro mientras trepaba por las empinadas cuestas de Hyde Street. 2323, aquí es.
Secándose el sudor con un pañuelo, se giró hacia el norte para observar la silueta de Alcatraz, la isla prisión, que se recortaba sobre la bahía.
Bonitas vistas, pensó. Y llamó al timbre.
Morris era un viejo amigo de sus tiempos en Operaciones Encubiertas, hacía años que estaba retirado, pero seguía teniendo acceso a algunos de sus antiguos contactos en otras agencias. Si, como suponía, la CIA estaba metida en el ajo, probablemente tendría a alguien en la oficina del FBI, era mejor no encender todavía ninguna alarma.
—¡Everett!
—¡Henry! ¡Cuánto tiempo! ¿En qué lío estás metido esta vez? Vamos, pasa, pasa, te prepararé un té.
Una semana después, Kayden Bryant, de Minnesota, con su poncho de colores, su barba de 4 días, su desaliñada melena y su bufanda de seda, entraba en la recepción del Hotel Buena Vista, en Haight-Ashbury, y solicitaba una habitación sin fecha de salida.
Morris llevaba dos días descojonándose de él.
—¿No estás un poco viejo para hacerte pasar por un drogadicto veinteañero?
—Solo tengo 34 años, Everett, infiltrarme es mi especialidad y con la cantidad de mierda que se meten no distinguirían su pie izquierdo del derecho. Además, si Burt Lancaster pudo pasar por un Apache, yo puedo pasar por un niñato.
—Burt Lancaster no desayunaba tres veces al día, Henry, y esto no es una película, esa gente no se anda con tonterías.
La verdad es que esa semana de asueto había sentado muy bien a Henry, largas veladas, recordando los viejos tiempos con una de las únicas personas a las que se permitiría llamar amigo, lo habían relajado hasta tal punto, que llevaba toda la semana sin tener pesadillas.
Quizá debería hacer esto más a menudo, pensó. El mundo bien puede seguir dando vueltas sin necesitar a Henry Turner para nada.
Esa misma tarde hizo la primera llamada, desde una cabina de teléfonos situada en la entrada del parque que había junto al hotel.
—Señor Barnes, creo que estoy tras la pista correcta, sospecho que el muchacho sigue con vida. Cuando tenga más detalles le volveré a llamar directamente a usted. Por el momento, no mencione nada a la oficina de Nueva York, es posible que haya una filtración que pueda entorpecer la operación y poner en peligro la vida del chico.
Los primeros días intentó mezclarse en el ambiente del barrio. Morris le había conseguido bastante Marihuana como para hacer amigos con facilidad; también le resultó de gran ayuda para interrogar discretamente a varios grupos de jóvenes despreocupados que pasaban las tardes en el parque de Buena Vista, fumando porros. Como esperaba, ninguno había visto nunca a Kendall, pero no tardó en localizar una tienda en la que vendían ponchos exactamente iguales al que encontró en la chimenea. Al sexto día, una Volkswagen multicolor apareció aparcada frente a un Pub llamado Rainbow.
Esa misma noche, sonaban los primeros acordes de House Of The Rising Sun, de Joan Baez, mientras Henry se apoyaba en la barra del Pub y pedía distraídamente una absenta. Había buen ambiente, los tres cubículos, típicos de pub inglés, estaban llenos de gente riendo y bebiendo; en uno de ellos, unos jóvenes melenudos y vestidos con todos los colores del arcoíris compartían una cachimba, en el de al lado, un grupo de personas de su edad, vestidos completamente de negro y con un aire más sofisticado, tomaban absenta y compartían un porro, en el del fondo, dos tipos vestidos casi exactamente igual que él, echaban un pulso y bebían cerveza.
Un par de matones disfrazados.
Viéndolos, Henry se ruborizó, al darse cuenta de lo ridículo que les quedaba el atuendo.
¿Estaré tan ridículo como ellos?
Se puso tenso y miró hacia otro lado antes de que se percataran de su presencia. Toda la madera estaba pintada de colores, al fondo, un pasillo oscuro con el cartel W.C. sobre una puerta, a la izquierda, y, frente a esta, otra puerta sin identificar.
En un corcho, junto a la barra, se superponían múltiples folletos con convocatorias para actos antibelicistas, mensajes de amor y poemas macabros, pero fue un único folleto el que llamó su atención.
Ven a vivir a Loveland, una playa paradisiaca y un teléfono, ¿en serio? ¿Se puede ser más cutre?
Ahora sí que estaba seguro de estar en el lugar adecuado, se iba a ahorrar tener que comerse el sombrero. Solo había dos opciones, o ese cartel lo había hecho un crío de 5 años, o era obra de los cabezas cuadradas de la CIA.
Después de tomarse otros dos chupitos de absenta, fingiendo estar más borracho de lo que estaba, ¿o quizá no lo estoy fingiendo tanto? Ese brebaje me ha dado una buena hostia en la cabeza, se levantó y se acercó al pasillo como si fuera al baño. Al llegar al pasillo, en lugar de abrir la puerta del baño, dio un bandazo y cayó con su mano derecha sobre la manilla de la otra puerta. La puerta se abrió unos centímetros y se detuvo, sujetando todo su peso con una fina cadena de acero. Antes de darse cuenta, uno de los matones lo agarró del pescuezo y, abriendo la puerta del WC de una patada, lo arrojó con violencia al interior.
—¿Qué cojones crees que estás haciendo, puto borracho de mierda? —Le gritó el otro matón mientras le propinaba una patada en las costillas.
Ok, me han tomado por un borracho, no hay peligro, pensó Henry mientras escupía un diente ensangrentado.
Abriendo una puerta metálica, arrojaron a Henry al callejón lateral del edificio. Uno de los matones, que parecía estar disfrutando, le propinó una patada en la cara antes de cerrar la puerta tras de sí.
—Hay que sacar al chaval de aquí cuanto antes, —escuchó que uno le decía al otro justo antes de perder el conocimiento.
La luz de la luna se abría paso por un pequeño claro en las nubes, no quedaba nadie vivo, ni muerto. Por el rabillo del ojo vio cómo una bota se perdía entre los juncos del otro lado de la carretera. El suelo estaba lleno de charcos oscuros, armas y equipo; había rastros ensangrentados aquí y allá, como si alguien hubiera arrastrado todos los cadáveres hacia los sembrados. El silencio era sepulcral, únicamente se escuchaba el viento. Escuchó movimiento en la maleza, justo en la dirección en la que había estado disparando apenas hacía un par de minutos. Se volvió, una nube cubrió de nuevo la luna en ese instante, dejándolo en la más absoluta oscuridad, una oscuridad solamente rota por dos brillantes puntos rojos que lo observaban fijamente desde el linde de los sembrados. El ruido de un motor…
El sonido de un motor al arrancar lo sacó de su letargo, las luces traseras de la furgoneta lo deslumbraron. Con los oídos zumbando y la vista borrosa, se levantó trastabillando y salió del callejón a tiempo de ver la furgoneta girar una esquina en dirección este. Se dejó caer, escupió otro diente y se encendió un cigarrillo, apoyado en un cubo de basura.
Os tengo, hijos de puta.
Cuando fue capaz de reunir fuerzas para intentarlo, se levantó y se dirigió al parque a hacer unas llamadas.
—¿Barnes? El chaval está vivo, y voy a buscarlo ahora mismo.
Colgó y marcó el segundo número.
—Morris, han mordido el anzuelo, dime que los tienes localizados.
—Henry, ¿estás bien? Suenas como mi abuela cuando se quita la dentadura. Sí, los tengo, están en el aeropuerto. Paso a recogerte.
Henry colgó el teléfono, se quitó la peluca y se sentó en un banco para despejarse. De pronto, sintió un pinchazo en la nuca.
¡Mierda! Es lo último que le pasó por la cabeza antes de desvanecerse.
Loveland
Henry se despertó, tirado en un charco de su propia orina en un suelo polvoriento. Tenía la boca seca.
¿Qué rayos ha pasado?
La luz del sol se colaba entre los barrotes de bambú que cerraban, sobre su cabeza, el hoyo en el que estaba encerrado. Sintió un escalofrío y se llevó la mano al cuello, donde le habían pinchado.
No sé qué era eso, pero no he soñado con Corea. Tengo que conseguir un poco más.
Lo primero era averiguar donde estaba. No había muebles, ni siquiera una cama o un orinal, las barras del techo estaban a la altura justa como para necesitar saltar si quería agarrarlas. Eso hizo, izándose a pulso para intentar ver algo. No había nadie fuera, el hoyo estaba en el interior de otro edificio, una cabaña con grandes ventanas.
Hace mucho calor para estar en San Francisco en enero…
Entró alguien. Los brazos le dolían a rabiar, necesitaba soltarse, pero quería ver al recién llegado.
—¡Agua! —Gritó, intentando llamar su atención.
El sonido de unos pasos, arrastrándose por la tierra, precedió a la aparición de un hombre.
—¡Anda! El pájaro se ha despertado.
Era un hombre de unos 50 años, llevaba el pelo largo recogido en un moño y el sudor resbalaba copiosamente por su torso desnudo.
—Dadle agua, lo queremos vivo para el espectáculo de mañana.
—¿Dónde estamos? ¿Quiénes sois? —Preguntó Henry.
—Aquí las preguntas las hago yo, agente Turner.
El techo de bambú se levantó unas pulgadas y una botella de vidrio cayó al suelo, junto a la pared. A través de los barrotes vio a una joven muy guapa, cerrando un recio candado. Henry se apresuró a abrir la botella y echar un buen trago. La joven se alejó; al hacer el gesto de echarse la melena rubia hacia atrás, una extraña cicatriz quedó al descubierto tras su oreja izquierda.
El hombre del torso desnudo siguió con la mirada a la chica y no dijo nada más hasta asegurarse de que se había retirado.
No hay cicatriz tras su oreja.
—Bien, Turner. ¿Cómo rayos diste con el chico?
—Sois unos chapuceros, pronto llegará la caballería.
—Eso te gustaría, ¿verdad? Ja, ja, ja. —Se rio, como un corsario en una película—. No te hagas muchas ilusiones, mañana habrá terminado todo.
Henry se fijó en la mancha de sangre que había en el cuello de su camisa e, instintivamente, se llevó la mano detrás de la oreja. Ahí estaba, la rugosidad de la postilla delataba la presencia de la cicatriz.
¡Maldita sea!
Cuando aquel agente de la CIA se marchó, alguien cerró las ventanas de la cabaña y todo quedó a oscuras. Henry se arrancó la postilla con la uña hasta sangrar, pero la herida parecía bien cerrada.
Tengo que sacarme esto de la cabeza.
Comenzó a caminar en círculos, eso lo ayudaba a pensar. Después de dar varias vueltas, su pie tropezó con la botella de agua. Henry se agachó, retiró el tapón y tomo otro trago, el dolor de cabeza empezó a disminuir.
¡Un momento!
Tras vaciar el resto de la botella, la lanzó contra la pared de tierra. Era demasiado blanda para romper el recio cristal. Se metió la botella dentro de la camisa y, de un salto, se encaramó a los barrotes. Colgando de un brazo, como un orangután, sacó la botella y golpeó el bambú, que la hizo rebotar con tal fuerza que salió despedida de su mano.
¡Mierda!
Recordó el candado y, tras recoger la botella, se colgó de nuevo, esta vez por donde había visto a la chica. Con un gran esfuerzo, sacó la botella por los barrotes, por suerte eran lo suficientemente flexibles, y, tras soltarla, empezó a tantear el suelo buscando el candado.
¡Aquí está! Servirá.
Cogió de nuevo la botella y la uso para golpear el cerrojo de metal. Como había supuesto, el vidrio saltó en mil pedazos. Minutos después, con un trozo de cristal ensangrentado encima del pantalón, Henry Turner daba vueltas a la pequeña esfera metálica que había extraído de detrás de su oreja. No había luz suficiente, pero, al tacto, parecía una canica de acero, aunque pesaba mucho menos de lo que debería.
El esfuerzo y la pérdida de sangre lo habían dejado exhausto, decidió cerrar los ojos un momento, para pensar.
Corría atravesando el mar de juncos, cada vez estaban más cerca, tanto que, cuando sus jadeos se lo permitían, podía oír sus gruñidos. Tropezó con algo, era el cadáver de un soldado chino, y dio varias vueltas, rodando por el suelo antes de detenerse. Allí acababan los juncos.
Frente a él, un soldado enemigo que levantó el arma, Henry cerró los ojos.
Pam
Escuchó una detonación y algo se derrumbó tras él. Sin pensárselo dos veces, se abalanzó sobre el soldado, que se debatía intentando amartillar el fusil, y le arrebató el arma. El chico no era mayor que él, Henry vio el terror grabado en sus ojos cuando, dejando de forcejear, soltó el arma y salió corriendo. El joven soldado Turner se dio la vuelta y supo que ya estaba muerto.
El zumbido de un avión empezó a oírse a su espalda.
Un intenso olor a almizcle lo hizo despertar con un estornudo.
¿Cuántas horas han pasado?
Un vibrante cántico llenaba el ambiente en la estancia superior, había luz, pero era la oscilante luz de las llamas.
Una antorcha, o una hoguera.
Henry se encaramó, intentando ver algo, y allí estaba aquel chiflado; junto a él, en un círculo alrededor de una hoguera, había otros 6 jóvenes, uno de ellos era Kendall. Todos parecían inmersos en un profundo estado de trance.
Henry hizo otro desesperado esfuerzo para intentar romper los barrotes, pero era inútil, en aquella posición jamás lo conseguiría.
—¡Kendall! —Llamó.
Nadie respondió.
—¡Kendall! —Me ha enviado tu madre para llevarte a casa.
La única respuesta que obtuvo fue un aumento en la intensidad de los cánticos.
Poco a poco, los rayos de sol empezaron a colarse por las ventanas, acabando de un plumazo con las fantasmagóricas sombras que creaba la hoguera en el techo de la estancia. Henry escuchó una puerta. Se levantó y trepó hasta los barrotes usando los asideros que había logrado excavar en la pared del hoyo, rascando con el cuello de la botella. La misma joven del día anterior y otros tres muchachos, todos con el pelo largo y todos completamente desnudos, habían entrado en la estancia y añadían más leña la hoguera.
—¡Ey! —Gritó.
La joven se giró hacia él y, poniéndose el dedo índice delante de la boca, le indicó que guardara silencio.
—Shhhhhh.
La luz del sol empezó a bajar de intensidad.
¿Qué demonios está pasando?
Sobre la hoguera apareció, de repente, una mota de luz azulada, tan extremadamente brillante que Henry tuvo que apartar la vista.
Pam
Plof
Uno de los jóvenes sin ropa se desplomó, Henry giró la cabeza, justo a tiempo para ver cómo una pequeña detonación hacía saltar por los aires la oreja izquierda de la chica rubia, que también cayó como un saco de piedras. La cabeza de Henry empezó a funcionar a gran velocidad y, antes de que el tercer muchacho se desplomara también, sacó la pequeña esfera de su bolsillo y la colocó en el candado.
Pam
Henry intentó levantar el techo de bambú. Cedió.
Tapándose los ojos con el brazo, avanzó en la dirección que creía que estaba Kendall. Al llegar al origen de su sombra, se agachó, agarró al muchacho por un brazo y tiró de él.
—UAAAHHHHHHHHHHHH
Un desgarrador aullido rasgó el aire y el mundo se detuvo. La luz desapareció y Henry se encontró ante la espantosa visión de una ciclópea ciudad de inverosímiles construcciones de piedra negra. Una aterradora criatura insectoide chasqueo lo que parecía una orden y una docena de informes criaturas cubiertas de ojos se abalanzó sobre él.
Trató de respirar, no lo logró, la piel le ardía por el frío. Intentó cerrar los ojos, pero sus lágrimas congeladas se lo impidieron.
Su vista era borrosa, algo se acercaba hacia él, olía a humo, estaba de nuevo en la cabaña. Sintió un fuerte pinchazo en los músculos de las piernas cuando él también se abalanzó sobre la emborronada figura.
Notó el impacto, su enemigo salió despedido hacia atrás. Instantes después, entre alaridos, la figura de un hombre envuelto en llamas salió de la hoguera. La visión de Henry se hizo más nítida.
La antorcha humana corrió hasta estrellarse contra una puerta de madera, que saltó por los aires, dejando entrar la mortecina luz del sol, que, cubierto por la sombra de la luna, arrancaba intermitentes destellos anaranjados de la inmensidad del océano.
Glglglglglg
Henry giró el cuello, alertado por el gorgoteo. Uno de los muchachos muertos se estaba levantando. A sus pies estaba Kendall, inconsciente, igual que los otros cinco. Henry lo levantó y se lo echó al hombro.
Tenemos que salir de aquí.
Cruzó la puerta que había abierto el sicario de la CIA para encontrarse en el centro de una plaza rodeada de chozas. El suelo estaba cubierto de cadáveres de jóvenes desnudos.
Buscó una salida girando a izquierda y derecha. Por la izquierda solo había mar, a la derecha vio algo que podría servir. Al otro lado de la isla, en un brazo de tierra, había una zona despejada y una torre de control.
Parece un antiguo aeropuerto.
Mientras pensaba cómo llegar hasta allí cargando con el chico, escuchó un movimiento a sus espaldas. Se apartó en un acto reflejo, justo a tiempo para evitar el envite de la joven rubia, que cayó rodando por las escaleras. Cuando se levantó, el resto de los cadáveres empezó a moverse.
—¡Joder!
Glglglglglg
Otro de los muchachos salía en ese momento de la cabaña. Henry dejó caer a Kendall a suelo y cogió una estaca. El joven se abalanzó sobre él y Henry levantó la estaca, que lo atravesó de lado a lado. Sin embargo, el joven no cayó, siguió avanzando, atravesado por la estaca, hasta llegar a Henry.
Sus ojos no tienen vida.
Esquivó el primer zarpazo y, aprovechando su impulso, se giró lanzando al muerto viviente sobre otros tres que estaban subiendo las escaleras.
—¡Joder!
Cargando con el peso muerto de Kendall no iba a llegar muy lejos. No había avanzado ni media milla y ya estaba exhausto. Algunas de aquellas criaturas se movían muy rápido; la mayoría no, esos eran fáciles de evitar, pero los corredores eran terriblemente peligrosos. Por suerte, ninguno parecía muy listo.
Escuchó el cómo se acercaban, no tenía escapatoria. Decidió subir a Kendall a una rama y trepar a otra. Aguantó la respiración y esperó, con los dientes tan apretados que le dolían las mandíbulas. Las criaturas pasaron por debajo sin percatarse de su presencia.
Buena señal, si avanzo con cuidado, quizá pueda conseguirlo.
Cuando se aseguró de que habían pasado de largo, bajó del árbol y descolgó a Kendall.
Tres horas después llegó al aeropuerto. Como había imaginado, se trataba de un antiguo aeródromo de la guerra del pacífico.
Debemos estar en algún atolón en medio del océano.
Subió a Kendall a la torre de control e intentó encender la radio. Era una radio más moderna, alguien debía de haberla instalado después. Sin embargo, no había electricidad.
¡Mierda!
Al otro lado de la pista había una caseta, parecía un taller.
Ahí tiene que haber algo.
Henry comprobó que el muchacho seguía respirando y bajó por la escalera de mano hasta la pista. Lo más silenciosamente que pudo, cruzo el aeródromo y entró al taller. No tardó mucho en dar con lo que estaba buscando. Alguien había conectado un moderno generador de gasoil, pero no estaba en marcha. Comprobó que había combustible y lo encendió. El ruidoso motor comenzó a petardear irregularmente hasta que, al fin, se estabilizó con un ronroneo regular.
Espero que no lo hayan escuchado.
Por si acaso, cogió una barra de uña de acero antes de volver a la pista. Un minuto después, llegó sin más contratiempos a la torre y encendió la radio.
En el CEPAC cuentan con una frecuencia especial para estas situaciones, solo esperaba que hubiera alguien escuchando al otro lado.
Un par de docenas de zombis se amontonaba junto al taller, dentro debía de haber más.
Era inevitable. Será mejor reponer fuerzas.
Kendall abrió los ojos y comenzó a chillar. Henry se abalanzó sobre él, amordazándolo con la mano. El joven lo mordió hasta hacer brotar sangre, pero finalmente se tranquilizó y dejó de forcejear. Cuando Henry apartó la mano intentó explicar al muchacho lo que estaba sucediendo, pero no reaccionó, estaba completamente catatónico.
¡De puta madre!
Los zombis se habían desplazado y ahora hacían piña alrededor de la torre.
—¡Genial! —Suspiró.
El sonido de un motor diferente comenzó a superponerse por encima del pequeño motor del generador.
Ya están aquí.
La radio empezó a emitir.
—Es imposible aterrizar más cerca, agente Turner, va a tener que correr. —Dijo la voz de Barnes.
Henry miró hacia abajo y resopló.
—¿Pueden abrirme paso? No sé si están viendo lo mismo que yo.
En ese momento empezó a oír fuego automático bajo sus pies y los zombis empezaron a caer.
—Eso mismo.
Cogió a Kendall, lo ayudó a bajar por la escalera y ambos corrieron hacia el helicóptero. De entre las palmeras comenzaron a salir corredores y Henry aceleró, tirando del chico. Las ráfagas de disparos se multiplicaron hasta que ya no se podía escuchar otra cosa.
Uno de los corredores los alcanzó y se abalanzó sobre Kendall. Henry le arrancó la cabeza con la palanca de uña, pero eso lo hizo detenerse. Aun en estado catatónico, Kendall, quizá llevado por la inercia o quizá por un instinto de supervivencia del subconsciente, logró llegar al helicóptero, donde un par de hombres lo ayudaron a subir. Henry aún tendría que atravesar un grupo de corredores que le habían cerrado el paso.
Los tiradores bastante tenían con mantener a raya a los que iban a por el helicóptero, iba a tener que correr como no lo había hecho en su puñetera vida.
Solo tengo 34 años, ¡Joder!
Esquivó al primero, este fue fácil, ya que tropezó con otro y ambos se quitaron del medio. El segundo tuvo que apartarlo con la barra de acero, al hacerlo rasgó su vientre y los intestinos de la criatura se desparramaron sobre él.
¡Qué puto asco, joder!
El tercero lo derribó un tirador, Henry levantó la mano para agradecérselo. Antes de enfrentarse al cuarto y al quinto sintió un pinchazo en el muslo.
Solo quedan unos pasos…
Al pasar entre ellos, Henry empezó a cojear y enseguida se vio acorralado. Frenó y empezó a lanzar golpes con la barra. Uno de los golpes arrancó la cara de uno de los corredores, pero Henry cayó hacia atrás con el impulso. El otro se abalanzó y Henry cerro los ojos.
Pam
El cadáver inerte cayó sobre él, derramando el contenido de su cráneo en la cara del pobre agente Turner. Una mano enguantada lo ayudó a levantarse y, un minuto después, sobrevolaban la isla.
—El paquete está a bordo, general. —Escuchó a Barnes, que hablaba por la radio.
Henry no escuchó la respuesta, pero el helicóptero aceleró y empezó a ganar velocidad alejándose todo lo posible de la isla.
—¿Cómo me habéis encontrado tan rápido?
—Morris encontró el avión y nos llamó. Prepárate para los fuegos artificiales.
—¿Fuegos artificiales?
Un brillo cegador surgió a su cola y Henry vio como todos los que estaban a bordo se asomaban a la ventana. Una tremenda onda de choque sacudió todo el vehículo, haciendo que uno de los hombres saliera despedido por la ventana y que el resto quedaran inconscientes en el suelo. Henry, que llevaba puesto el cinturón, igual que Kendall y Barnes, se soltó y se levantó a echar un vistazo.
Los ojos del agente Turner se llenaron de lágrimas, deslumbrados por el fulgor de aquella explosión con forma de hongo. Volvió a su asiento mientras el helicóptero giraba hacia el este, rumbo a Hawái. La inmensa columna con forma de champiñón ocultó el sol, por segunda vez ese día, creando un magnífico y aterrador espectáculo que podían ver desde la ventana. Henry cerro los ojos y se frotó la mordedura de la mano.
Sonaron varias explosiones, detrás de aquellas criaturas se desató el infierno. La onda expansiva lo hizo caer de espaldas.
Ya no había peligro, estaba a salvo. Un soldado chino salió de debajo de una trinchera y se quedó mirándolo. Henry trató de levantar el fusil, pero no pudo. Se miró a las manos y ya no eran manos, se habían transformado en garras. El soldado salió corriendo y Henry miró hacia abajo, en el charco vio el reflejo de sus ojos, dos teas ardientes que lo escrutaban burlonamente.
Sus párpados se despegaron para mostrar unos ojos carentes de vida…
Glglglglglg
