La misión.

Estiró el brazo y colocó su mano en horizontal, el sol apenas levantaba un palmo por encima del horizonte, era la hora. Zurk recogió su bolsa y reanudó la marcha. Lo más peligroso era cruzar los terrenos más abiertos entre bosquecillo y bosquecillo, cada vez que tenía que hacerlo, su corazón se aceleraba con la tensión. Su madre le había pedido que evitara los caminos, pero no era tarea fácil, los monstruos cada vez construían más y, a menudo, eran la única forma de vadear los ríos más caudalosos.

Avanzó durante horas en el más absoluto de los silencios, parando lo justo para comer algo o para hacer sus necesidades. Siempre que lo hacía, enterraba todo rastro, o los monstruos podrían rastrearlo fácilmente.

Cuando el brillo del amanecer comenzó a iluminar las colinas, cagó en un riachuelo y buscó un agujero donde esconderse. Acurrucado bajo unos arbustos, se recostó sobre un montón de pelo que había dejado su antiguo inquilino; un mapache, a juzgar por el olor. Con las dos manos, abrió el petate y sacó algo de comer. Al hacerlo, sus dedos rozaron aquel objeto y sintió un escalofrío. Tenía que llevarlo con abuela, el futuro de toda la tribu dependía de ello, solamente ella sabría qué debían hacer.

El sonido de unas voces lo despertó unas horas después, debía de ser mediodía. Se inclinó hacia delante y estiró las orejas, la adrenalina hizo desaparecer el sueño al instante, eran monstruos. Podía distinguir las voces de, al menos, media docena de ellos, también escuchó los bufidos de una o varias de aquellas criaturas cuadrúpedas que solían montar. Al menos no se oían ladridos, los guardianes eran los más peligrosos.

Los monstruos no solían detenerse mucho tiempo durante las horas del día, si todo iba bien, solo tenía que esperar y no llamar la atención. Pero las horas pasaron y los monstruos seguían allí. Zurk no entendía ni una palabra de su extraño y cantarín lenguaje, pero por el tono, parecía que los machos estaban muy enfadados por algo. Estaba empezando a oscurecer y el olor a humo que acababa de colarse en su agujero no presagiaba nada bueno para Zurk.

“¡Maldita sea!”

La vejiga de Zurk estaba a punto de estallar, pero no podía mearse encima, no tan cerca. Se retorcía en la madriguera, apretando una pierna contra la otra y conteniendo los lagrimones. Un rato después de caer la noche, el campamento de los monstruos quedó completamente en silencio. No podía aguantar más, seguramente habría alguno haciendo guardia, sin embargo no podía aguantar más.

Muy despacio, Zurk se deslizó hasta la salida y asomó la cabeza entre las ramas del arbusto. Una gran hoguera iluminaba todo el claro y, como había supuesto, dos terroríficos machos daban vueltas alrededor del perímetro. Zurk observó la rutina de los vigilantes durante unas cuantas vueltas e hizo un rápido cálculo, podía conseguirlo. Lo que menos le gustaba era no saber lo que había detrás de él, desde la madriguera no podía ver nada y el viento venía justo en la dirección opuesta, arrastrando el olor del fuego por el suelo directamente hasta su nariz.

Sintió un calambre en las piernas, el dolor en su bajo vientre era horrible, se le ocurrió una idea. Se quitó los zapatos, se bajó los pantalones y lo guardó todo en la bolsa; unas gotas de orina se escaparon en el proceso y, lejos de aliviarle, hicieron que la necesidad aumentara. El segundo vigilante desapareció tras el vehículo de madera, era el momento. Agarró el petate, reptó fuera del agujero y, sin contener el esfínter, empezó a correr en dirección al arroyo.

—¡Trasgos! —Gritó una voz, al otro lado de la hoguera.

Zurk resbaló al pisar el charco de orina que se había formado a sus pies y cayó de bruces.

—¡Joder! ¡Qué peste! —Gritó otra voz.

Recortada por la luz de las llamas, la horrenda sombra de uno de los vigilantes se abalanzó hacia Zurk, que se apartó justo en el momento en el que el afilado filo de un hacha se clavaba en lugar en el que había caído. Sin saber muy bien que hacer, Zurk retrocedió y se coló de nuevo en la madriguera. Tras él, entro una afilada punta incrustada en el extremo de un palo. El filo rozó la pierna de Zurk, haciéndole emitir un gimoteo. Era el fin, no había salida, había fallado a la tribu. La lanza entró por el agujero una vez más, buscando su carne, pero falló. Fuera se escuchaban más voces, estaba acabado.

De repente, el suelo empezó a vibrar y las voces se convirtieron en gritos.

“¿Qué está pasando?”

Zurk aguardó un rato antes de atreverse a hacer nada, el suelo temblaba bajo el peso de múltiples cuadrúpedos, el sonido del metal chocando contra el metal y el hueso lo hizo estremecer, todo ello acompañado de los gritos de terror y dolor de aquellos monstruos.

“Sin duda están siendo masacrados.”

—Gu.

Una voz gutural lo sacó de su ensimismamiento, algo se estaba colando en su agujero. Zurk rebuscó precipitadamente en su bolsa, sacó su cuchillo de pelar manzanas y apuntó con él hacia la oquedad.

—Ehejeejejeje… —Se rio de él la criatura al verlo.

Era un cachorro de los monstruos, parecía cubierto de sangre y en sus ojos se dibujaba una siniestra sonrisa. Fuera habían cesado los gritos, ahora se escuchaba una voz grave ladrando órdenes, por la pinta.

—Gu… —Dijo el cachorro, señalando a Zurk y llevándose las manos a los ojos.

Sin pensárselo mucho, Zurk se abalanzó sobre él y colocó su mano sobre su boca, sujetándolo con todas sus fuerzas. Fuera se oyó el relincho de una de esas bestias de cuatro patas, seguido de una carcajada general en la que participaron no menos de media docena de monstruos, todos machos. Zurk contuvo la respiración al oír pasos sobre sus cabezas.

“Por favor, no hagas ruido.” Rogó en silencio a la diminuta criatura que estaba sujetando.

La respiración del cachorro adquirió un ritmo regular y relajado, al tiempo que Zurk notaba cómo iba cejando en sus intentos por zafarse. Miró su horriblemente esponjoso y sonrosado rostro y se dio cuenta de que había cerrado los ojos.

“¿Se ha dormido?”

Aún tuvo que esperar un par de horas antes de sentirse lo suficientemente seguro como para abandonar el agujero. Le dolía la herida de la pierna, pero no parecía grave, se había hecho cosas peores jugando con su hermana. Levantó al pequeño y lo observó a la luz de la luna.

“Tampoco es tan feo.”

—¿Y ahora? ¿Qué se supone que tengo que hacer contigo?

Miró a su alrededor, el claro estaba sembrado de cadáveres.

—Espera aquí un momento. —Le dijo al cachorro, apoyándolo en un árbol.

Comprobó uno a uno todos los cadáveres, todos estaban fríos. Se guardó una daga que encontró en las manos de una hembra sin cabeza.

“¡Mierda!”

Se acercó al cachorrillo y lo observó detenidamente. Estaba completamente indefenso, no parecía capaz de mantenerse siquiera sobre aquellas dos birriosas, esponjosas y blanquecinas patitas.

“Está comiéndose un trozo de tierra, ¡por el amor de Crok! ¡No puedo dejarlo aquí solo!”

Refunfuñando, sacó una tira de carne seca de su bolsa y se la dio al pequeño, que empezó a mordisquearla con las encías y a babear copiosamente.

“Ni siquiera tiene dientes.”

El canijo estiró una mano y agarró a Zurk por el pulgar, Zurk sonrió. Tirando de él, el pequeño monstruito se metió el dedo de Zurk en la boca.

¡Ñack!

—¡Joder! —Chilló el trasgo, retirando la mano. —Sí que tiene dientes. Dos, pero bien afilados.

—Gu… Ehejajajajaja. —Se rio el condenado.

—Está bien, tú te vienes conmigo. La abuela sabrá qué hacer contigo.

Apoyó la bolsa en el suelo y metió la cabeza, buscando algo mejor que la carne seca. Encontró un mendrugo de pan duro, incrustado en el objeto dorado de su misión. Lo sacó del petate y se lo dio al niño, que se quedó quieto, mirando el objeto dorado. Zurk se fijó en que el pequeño llevaba algo colgado al cuello.

De una fina cadena colgaba una medalla dorada, con el mismo símbolo que lucía en una de las protuberancias el aro dorado que llevaba en la bolsa, ese que estaba en la cabeza de aquel monstruo barbudo, aquel que Zurk encontró muerto junto a la aldea.

Fin.