Jazmín, olía a jazmín.
—¿Lo hueles? Esa es reciente, esta mañana aún estaba viva.
—¿Quién demonios se pone perfume en un apocalipsis zombi?
—Yo qué sé, si lo tiene, ¿por qué no? Yo daría un dedo porque tú tuvieras acceso a desodorante.
—Vete a la mierda.
—Centrémonos, si la han convertido hace poco, significa que hay más aquí dentro.
—Hmm, tienes razón, ¿qué hacemos?, ¿abortamos?
—Ni de coña, el comandante nos colgaría de las pelotas. ¡Vamos! Ya se ha ido. Te toca.
Con el cañón de la escopeta por delante, Jaime avanzó unos pasos hasta llegar a la pared del otro lado del pasillo e iluminó el corredor con la linterna, sujeta al arma con cinta americana.
—¡Despejado! —Susurró.
Claudia salió al pasillo, también con el arma en alto.
—Según José, el almacén está dos plantas más arriba, habrá que cruzar el hall para llegar a la escalera. —Comentó, más hablando consigo misma que con Jaime.
La pareja avanzó lentamente, revisando cada corredor y cada puerta.
—Nos vendría de puta madre un sensor de movimiento, como los de Alien. —Dijo Jaime.
—Ahora mismo, lo que me vendría de cojones es una birra bien fría, aunque fuera una Cruzcampo. Además, la mayoría de esos hijos de puta no se mueve mucho si no hay algo que comer.
La última puerta del pasillo se cerró a sus espaldas, estaban dentro de un baño.
—¡Joder! Tampoco es por aquí, tenemos que volver al cruce. ¿Qué mierda de diseño es este? No puede ser tan complicado llegar al hall.
—Deberíamos haber entrado por la puerta principal, Clau.
—Diviríimis hibir intridi pir li piirti principil. Podías haberlo dicho antes, listo, que eres un listo…
—¡Espera!
—¿Qué pasa? —Susurró Caludia, levantando el revolver y la linterna.
—Mira, un plano con las salidas de emergencia.
Claudia se acercó y unió el haz de su linterna al de la de Jaime. Era un plano de esos que te encontrabas en los hoteles, una mierda que no entiende nadie, pero serviría. Jaime señaló con el dedo un punto en el plano.
—Es por aquí.
Claudia señaló otro punto.
—Aquí hay una escalera de emergencia, será más fácil que atravesar el hall.
—¿Estás segura? Yo casi prefiero encontrarme con ellos en un espacio abierto que en los pasillos.
—La idea es no encontrarse con ellos, debemos movernos lo más silenciosamente posible.
—Lo que tú digas, jefa.
Jaime rompió el candado que sujetaba el cristal que cubría el plano, corrió el vidrio y arrancó el mapa del corcho. Tres de las 4 chinchetas que lo sostenían cayeron al suelo repiqueteando.
—Shhhhhh.
Jaime quitó la última chincheta y la clavó en el corcho antes de irse.
—Vamos, es por aquí.
Retrocedieron por el pasillo una decena de metros, hasta el último cruce, comprobaron de nuevo que no había peligro y se adentraron en el pasillo de la derecha.
No habían avanzado ni 20 metros cuando Claudia levantó la mano, indicando a Jaime que se detuviera.
Sniff, sniff
—Otra vez el jazmín. Esa hija de puta ha pasado por aquí.
Jaime levantó el cañón de la escopeta, intentando que la luz de la linterna alcanzase la mayor distancia posible. El pasillo era mucho más estrecho que el que habían dejado atrás, eso provocaba una ligera claustrofobia en Jaime, pero la mantenía a raya, o eso se decía a sí mismo. Los dos se quedaron inmóviles durante unos minutos, inspirando y espirando muy lentamente. El maldito latido de su propio corazón, que bombeaba furiosamente, impedía a Claudia escuchar cualquier otra cosa.
—Mataría por un cigarro. —Murmuró.
Claudia hizo un gesto con la cabeza y ambos comenzaron a andar, tanteando el suelo enmoquetado con sus botas antes de apoyar todo el peso. Llegaron a la primera puerta, estaba cerrada. No era una buena estrategia dejar enemigos a sus espaldas y los dos sabían muy bien que aquella puerta no detendría a uno de los grandes. Jaime interrogó a Claudia con la mirada y ella respondió negando con la cabeza.
—Ya casi estamos. —Vocalizó sin emitir sonido alguno.
Normalmente, habrían echado un vistazo antes de continuar, pero Claudia tenía prisa y Jaime no quería seguir en aquel pasillo mucho más tiempo, así que no protestó.
Continuaron avanzando, la segunda puerta estaba a la izquierda y abierta de par en par. Jaime se pegó a la pared de la derecha y apuntó con la linterna hacia el interior de la habitación. Levantó el pulgar y movió la cabeza, con una ligera sacudida hacia la derecha, indicando a Claudia que siguiera adelante, no era más que un cuarto de las escobas.
Glglglglglglg
El gorgoteo venía de algún punto más adelante. Los dos saqueadores se quedaron inmóviles al instante, conteniendo la respiración, y apagaron las linternas. La oscuridad era total, no había un solo resquicio por el que se colara un despistado fotón, y la claustrofobia empezó a asfixiar con fuerza la determinación de Jaime. El sudor, que ya empapaba la ropa interior del hombre, comenzó a brotar por cada uno de los poros de sus manos. El lento arrastrar de unos pies por la raída moqueta empezó a escucharse por encima de los latidos del corazón desbocado de Claudia.
Glglglglglglg
La criatura pasó de largo sin percatarse de su presencia. Cuando dejaron de oír los pasos, ambos expulsaron el aire muy despacio e inhalaron aún más lentamente. Jaime encendió la linterna y enfocó el pasillo a sus espaldas.
—Debe de haber llegado al pasillo en el que estábamos. —Susurró.
—Ese era otro. —Masculló Claudia—. Huele a mierda.
—Creo que he sido yo. —Respondió Jaime.
—En cualquier caso, no olía a jazmín, así que chitón.
Continuaron por el pasillo, ya podían ver los primeros escalones al fondo, los típicos escalones de madera que uno no espera encontrar en un sitio así.
—¡Su puta madre!
—¿Y ahora?
—Ahora ¿qué? Hay que subir. ¡Joder, colega! ¡Qué asco! ¿Qué coño cenaste anoche?
—Rata, como tú.
—A veces no sé si no sería mejor haber muerto.
Jaime tanteó la madera del primer escalón, apoyando muy despacio su peso, y, para su alivio, la escalera no protestó con un crujido.
—Perece recia.
—Vamos.
Jaime empezó a subir muy despacio, en el primer rellano había un montón de basura y una ventana sellada con tablas. Una mancha en la pared lanzó un destello al reflejarse la luz de la linterna, Claudia se acercó y toco la mancha con la punta de sus dedos
—Sangre. —Dijo.
—Debe de ser de Jazmín.
—Te he dicho mil veces que no pongas nombre a esas cosas.
Continuaron subiendo hasta el siguiente rellano, ya habían llegado a la primera planta, una puerta de incendios sujeta con una cadena mantenía cerrada la galería, junto a ella, una máquina de café cubierta de polvo.
—Lo que daría por uno. —Dijo Jaime.
—Shhhh, he oído algo.
Apagaron las linternas e hicieron la estatua una vez más. Ya sin la luz artificial, se dieron cuenta de que allí no estaban en la más absoluta oscuridad, el tenue brillo de la luna se colaba por la ventana del siguiente rellano. En un par de minutos, sus ojos se habrían adaptado lo suficiente como para ver aceptablemente con esa luz, así que esperaron en silencio, concentrados en captar hasta el más leve de los sonidos.
Toc, toc, toc…
Tres golpecitos acompasados por encima de ellos. Jaime tragó saliva y levantó la escopeta, apuntando directamente al final de la escalera. Una ráfaga de aire entró por la ventana e hizo tintinear la cadena que sujetaba la puerta.
—Shhhh.
Claudia se llevó un dedo a la boca mientras encajaba su revolver en la cintura de su pantalón y sacaba el machete. Muy despacio, la saqueadora apoyó el pie derecho en el primer escalón y empezó a subir. Jaime no dejaba de apuntar a donde dejaba de verse lo que había en el siguiente rellano.
Flap, flap, flap
Una sombra surgió tras la esquina y se abalanzó sobre la desprevenida mujer, que gritó de terror agitando el machete a un lado y a otro. Jaime disparó, algo cayó al suelo y bajó rebotando por los escalones hasta quedar inmóvil junto a sus pies. El angustiado saqueador encendió la linterna y observó, con cara de idiota, a su víctima, era una paloma, o lo que quedaba de ella tras volarle medio cuerpo con el disparo.
Pom, Pom, Pom…
Algo enorme venía corriendo por la galería.
¡Baum!
La puerta tembló con el impacto, pero la cadena aguantó. Jaime empezó a correr escaleras arriba mientras Claudia hacía lo mismo, pero en la dirección opuesta. Claudia pisó algo blando y crujiente, y resbaló, precipitándose escaleras abajo. Por suerte, Jaime frenó su caída.
¡Baum!
Una segunda sacudida hizo temblar el suelo y tintinear la cadena, que aguantó de nuevo.
—¿Qué haces, imbécil? Suéltame, tenemos que salir de aquí.
Jaime la miró en silencio y expulsó el aire de sus pulmones en un molesto gemido. Claudia se dio cuenta de que su mano estaba empapada con algo húmedo y caliente.
—¡Joder!
¡Baum!
¡Pam!
Clin, clin, clin…
Los eslabones de la cadena repiquetearon sobre el suelo de madera y una mole de aspecto humanoide salió de la galería y la miró con sus brillantes ojos amarillentos. Con un subidón de adrenalina, Claudia pegó un tirón, intentando sacar el machete de la caja torácica de su amigo, pero no lo logró. La bestia se abalanzó escaleras arriba, mostrando sus putrefactos dientes y alzando sus afiladas garras. Claudia empujó a Jaime, haciéndolo caer sobre la horrenda criatura y frenando, por un instante, su momento. De un zarpazo, el monstruoso ser partió por la mitad el cadáver, cuyas humeantes entrañas se derramaron por las escaleras. La bestia apenas tardó unos segundos, pero fueron suficientes. Claudia sacó su revolver y vació el tambor en la cabeza de la criatura, que se desplomó.
Por arriba se escucharon más pasos apresurados. Sin pensárselo dos veces, Claudia saltó al rellano por encima de la mole. Había bastante altura, por lo que el impacto con el suelo hizo sufrir sus tobillos. Recogió la escopeta de Jaime y se levantó, cojeando.
—¡Joder!
Amartillo el segundo cañón del arma, encendió la linterna y empezó a bajar lo más rápido que pudo.
—¡Qué puta mierda! ¡Hostia!
Cuando llegó al último escalón, el dolor en el tobillo izquierdo era insoportable. Apretó los dientes y avanzó por el pasillo, sin dejar de apuntar a la oscuridad que se abría más allá de donde alcanzaba la luz. Pasó por delante del cuarto de las escobas sin molestarse en comprobar si estaba despejado. Un olor familiar llamó la atención a su subconsciente, pero no tenía tiempo para pensar en ello.
La puerta cerrada, unos metros más adelante, saltó por los aires y otra monstruosa aberración surgió por el boquete. Claudia disparó la última carga de la escopeta y la criatura se desplomó, sin cabeza. Usando la escopeta descargada como si fuera un bastón. Siguió adelante e intentó rodear el cadáver del monstruo, que ocupaba todo el ancho del pasillo. Consiguió abrirse paso a duras penas, pero estaba más cerca de la salida.
Glglglglglglg
El gorgoteo venía del pasillo por el que habían llegado, debía retroceder. Deshizo sus pasos y entró en la habitación de la que había salido la mole con la esperanza de encontrar una salida. Algo surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre ella nada más cruzar el umbral. Levantó la escopeta, a modo de bate de beisbol, y lanzó un golpe buscando su cabeza. La luz de la linterna, aun fijada al cañón del arma, proyectaba extrañas sombras en el suelo y las paredes.
¡Pom!
Sus muñecas se encogieron de dolor con el impacto, pero la criatura se desplomó a sus pies. Claudia giró la escopeta para iluminar la habitación, parecía un pequeño almacén lleno de polvo. Estaba atrapada. Intentó empujar una enorme caja de madera para bloquear la puerta, pero no tenía fuerzas. Su tobillo se resintió con el esfuerzo y cayó al suelo, derrotada. Un penetrante aroma vició el aire.
—Jazmín…
Fin

