El Tren

—¡Ey! ¡Tú! Sí, tú.

—Acércate un momento, ¿Se ha marchado el Doctor?

—Tengo que contarte algo. No quieren que nadie lo sepa y sé que jamás saldré de aquí, así que coge tu ordenador de bolsillo y apunta. ¿Cómo? ¿Que puedes grabarlo? Mejor, mucho mejor.

Todo ocurrió durante el viaje. Era 1998 y, como cada verano, había cogido el tren de Bilbao a Santiago; 14 horitas de viaje por delante, pero el autobús era peor, no sé si te has fijado en lo largas que tengo las piernas. Bueno, que me disperso y no sé cuánto tiempo tenemos. El caso es que viajaba en el tren, junto a mí viajaban dos señoras y un chaval joven, aunque era mayor que yo. Al llegar a los montes de león, allí por donde se entra a Galicia, el tren redujo un montón la velocidad. El chico, que era de Burgos y se llamaba Julián, estaba hablando de sus estudios para ser notario y del magnífico futuro que le esperaba una vez lo lograse; las señoras estaban fascinadas con él. Yo, que en aquel momento me importaba un bledo el futuro, me levanté y me fui a fumar un cigarro al espacio entre vagones.

Allí me encontré con otras dos personas, que me ofrecieron fuego al verme tantear todos los bolsillos, elegí el Zippo y di las gracias a ambos. Los dos eran muy amables y mantenían una conversación muy agradable a la que me invitaron a unirme. Jon era un punki, uno de esos de la vieja escuela, con su cresta coloreada, pendientes, la chupa de cuero llena de parches, ya sabes, un punki. Elisa era una monja, también de las de toda la vida, con su sotana negra, un bastón y toda la parafernalia.

Así que allí estábamos, la monja, el punki y el jevi, saltando de un tema de conversación a otro mientras llenábamos de colillas el suelo de chapa metálica, entonces empezó todo. El tren se esforzaba subiendo por las laderas de las montañas, cada vez más despacio, hasta que finalmente se detuvo por completo. Las luces de los vagones, que veíamos a través del pequeño ventanuco, se apagaron de golpe; no nos importó mucho, serían las 4 de la tarde y el día estaba despejado, además, no teníamos el problema de que se apagara el aire acondicionado, ya que no había funcionado ni un instante en las ya cerca de 9 horas que llevábamos de viaje.

Me despedí de Jon y Elisa, que me dijeron —Hasta luego—, aún quedaban 5 o 6 horas de viaje, y entré al vagón. Dentro estaba más oscuro, la mayor parte de las cortinas de tela verde, ¿o era marrón? Estaban echadas, ya que era la hora de la siesta. Avancé por el pasillo, muy pocos parecían haberse dado cuenta del apagón, la mayoría estaban dormidos, pero los que estaban despiertos miraban por las ventanas, intentando adivinar que sucedía. Me senté en mi sitio, saludé a Julián, que estaba despierto, estudiando un libro de derecho, y miré yo también; solo vi la pared de piedra de la montaña, a la que se aferraban algunos arbustos. Cogí mi libro, una selección de relatos del maestro Lovecraft, me puse los auriculares y busqué algo de Metallica para poner en el discman, en verano me gusta escuchar el Kill E’m all.

El disco terminó y, justo cuando empezaban a cerrárseme los ojos, se escuchó el primer grito, o, al menos, el primero que escuché yo que no fuera de James Hetfield.

No tenía muy claro su origen, pero no había sido en nuestro vagón. Aun así, varios pasajeros se levantaron, un par de ellos salió del coche, uno por cada una las puertas que había en ambos extremos. Se escuchó un segundo alarido, está vez más cerca, venía de los vagones que iban delante del nuestro. Los pasajeros empezaron a murmurar entre ellos, primero en voz baja y, luego, subiendo el volumen cada vez más hasta convertir aquello en un gallinero. Me puse los auriculares y subí el volumen al máximo.

Finalmente, decidí salir de allí, mis auriculares no eran muy buenos y el jaleo me seguía molestando. Dejé el libro, después de marcar la página doblando el papel en una esquina, me levanté, evité un par de grupos de personas que discutían en medio del pasillo, abrí la puerta y salí al espacio entre vagones. Allí estaba otro grupito de gente, hablando en voz baja, también estaban Jon y Elisa, como esperaba. Elisa me saludó pasándome un porro, —¡Hombre! Ya pensábamos que te había pasado algo—. Jon hizo un gesto levantando la cabeza, sin decir nada, aunque parecía preocupado. Les pregunté si sabían algo, pero antes de que tuvieran tiempo de contestar, el tren empezó a moverse.

Era un movimiento raro, no era la sensación de un tren avanzando por la vía, era más como si se deslizara. Se escuchaba el chirrido del acero bajo nosotros, estridente y molesto, pasé el porro a Jon y me llevé las manos a las orejas. No sirvió de nada, el chirrido viajaba por el metal del suelo y hacía vibrar hasta el último de mis huesos, así que bajé las manos, resignado y miré por el ventanuco. Estábamos acercándonos a un túnel.

Sabía que un nuevo vagón había quedado sumido en la oscuridad cada vez que llegaba una nueva oleada de gritos. El resto de los pasajeros que se había reunido allí, desapareció por las dos puertas en dirección a sus asientos y nos quedamos solos los tres. Cuando el coche en el que viajaba yo entró en el túnel se escuchó la nueva oleada de gritos, pero esta vez también venían del otro lado.

Jon levantó los ojos, Elisa y yo lo imitamos. Alguien caminaba sobre nuestras cabezas. Miré por el tragaluz y vi su sombra proyectada en la pared de roca. El cuerpo era humano, pero la cabeza… el cráneo tenía una forma triangular, con una forma muy parecida a los pterodáctilos de los libros de ciencias. Jon y Elisa, al ver mi expresión, se acercaron a echar un vistazo. En ese momento entramos al túnel.

Jon habló, —¡Tenemos que salir de aquí!

—¿Cómo? —Preguntó Elisa.

—¿Qué era eso? —Dije yo.

—Un Cronoraptor. —Respondió Jon, como si fuera algo Obvio.

Según nos adentrábamos en la oscuridad dejamos de escuchar los gritos, el silencio era tan sólido que creí que me estaba volviendo loco. Jon encendió el Zippo.

—Necesitaremos algo mejor. —Dijo.

Les dije que esperasen y abrí la puerta de mi vagón, la oscuridad era total, pero creí ser capaz de llegar a mi asiento sin dificultad. —Solo había que seguir el pasillo, ¿no? — Por supuesto, me equivocaba. Había algo más aterrador en aquel lugar, el silencio. —¿Qué estaba haciendo la gente?— No tardé en averiguarlo. Tropecé con algo blando, pasé por encima y continué, tropecé de nuevo; empecé a rebuscar en mis bolsillos y saqué el mechero. No encendió a la primera, pero el chispazo iluminó lo suficiente, aquella criatura estaba allí. Lo intenté otra vez, tampoco se encendió, pero el reflejo amarillo de aquellos diminutos ojos estaba más cerca. Me giré, sin dejar de intentar encender el mechero, y empecé a correr, caí al suelo al chocar con el bulto de antes, el mechero se encendió. El bulto era el cadáver de un hombre, uno bastante corpulento. Chillé, sin embargo ningún sonido salió de mi garganta, y me arrastré por la moqueta hacia la puerta. La llama de mi propio mechero me estaba abrasando el pulgar, no obstante no podía perder la luz. Una pequeña llama surgió delante de mí, era Jon. Si dijo algo, no lo sé, no escuché sonido alguno. Vi cómo el Zippo encendido me pasó por encima mientras una mano me agarraba y me arrastraba fuera de allí.

Elisa se había quitado la cofia e improvisado una especie de antorcha con el bastón. Al otro lado de la puerta se había desatado un infierno; Jon se apoyó en la puerta, intentando contener las embestidas de la criatura llameante que había al otro lado.

—¡Corred! —Nos gritó.

—Y una mierda. —Contestó Elisa.

La punta afilada de la cabeza del Cronoraptor atravesó la ventana y la cabeza de Jon, sus sesos se desparramaron sobre nosotros, haciendo chisporrotear las llamas. Antes de que el cuerpo de Jon llegara al suelo ya estábamos corriendo por el pasillo del siguiente coche. Los pasajeros empezaron a gritar al ver las llamas. —Corred— les grité. La puerta saltó por los aires, la horrenda criatura, aún envuelta en llamas, la atravesó y todo el vagón quedó en silencio. Seguimos corriendo, Elisa lo estaba pasando mal sin el bastón. Los pasajeros morían por las garras y los picotazos de aquel ser, podía ver el horror en sus ojos, podía ver el dolor en sus gritos, pero no podía escucharlos. Llegamos a la siguiente puerta, en aquel espacio entre vagones había una salida al exterior, pero no había forma de abrirla. Elisa sacó un rosario, besó la cruz.

—Yo no puedo seguir corriendo, sálvate. —Dijo, y entró al vagón enarbolando la cruz.

La puerta rebotó y se abrió de nuevo, la cabeza de Elisa la atravesó y rodó hasta mis pies. Corrí con toda mi alma, atravesando todos los vagones hasta llegar al último, el bar. Aquel coche aún no había entrado al túnel, el sol se colaba por las ventanas. El camarero observó estupefacto como arrancaba una banqueta del suelo y la lanzaba contra el cristal. La ventana aguantó, pero yo no fui capaz de hacer lo mismo cuando una botella de vidrio estalló en mi cabeza.

Desperté en un lugar oscuro, no se escuchaba nada fuera. Intenté moverme, pero el cubículo era muy estrecho. De pronto se abrió una tapa sobre mi cabeza y entró la luz.

Un hombre sacó uno de esos ordenadores de bolsillo, lo apuntó en mi dirección, sonó un obturador y un destello me cegó. Un rato después llegaron los enfermeros, tú eres la primera persona con la que hablo desde entonces si exceptuamos al doctor. Me suenan tus ojos, ¿puedes quitarte un momento esa mascarilla?

—¿Tú?

Fin