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Prólogo
En el año 2022 se crea la Agencia Espacial Española, aprovechando los fondos COVID de la Unión Europea. En realidad, no es más una tapadera tras la que se esconde el desarrollo de una nueva tecnología a espaldas del Mundo.
Esta tecnología, que podría ser la pieza que el ambicioso ministro de Ciencia y Tecnología, el Doctor Pablo Hidalgo, ex–astronauta, estaba esperando, fue descubierta casualmente por el Doctor Oskar Jete, un brillante doctor en Física.

Cabras
Harto de concatenar contratos a media jornada, becas y períodos de paro en los que seguía trabajando en la universidad, el doctor Oskar Jete dejó todo y se fue a trabajar de cabrero en una quesería en los picos de Europa.
Mientras cuidaba las cabras, una tarde de octubre de 2020, Oskar sufrió un pequeño accidente junto a tres de las cabras de la explotación, Blanquita, Curiosa y Cascabel. Los 4 cayeron por un pozo natural cuando volvían al pueblo junto al resto del rebaño. Un gigantesco montón de excrementos de cabra, que se habían ido acumulando con el tiempo, y el agua acumulada por las lluvias, habían conseguido formar una viscosa y elástica masa que amortiguó su caída, a costa de cubrirlo por completo con una apestosa película negra sobre cada cm² de su cuerpo. Si bien Blanquita, que ya no hacía honor a su nombre, y Cascabel habían sufrido su misma suerte y se encontraban ilesas, Curiosa había sido mucho menos afortunada y se había empalado en un pequeño y solitario tejo que hundía desesperadamente sus raíces en una de las paredes del hoyo, extendiendo sus temblorosas ramas en busca de un poco de la escasa luz que a esas horas de la tarde entraba por la boca de la sima. La sangre de Curiosa caía como una cascada, cálida y nauseabunda, sobre Oskar, cubriéndolo de la cabeza a los pies, pero incapaz de borrar la fina película negra que ya lo envolvía.
Empezó a oscurecer.
Oskar, ya recompuesto, sabía que a esas horas nadie iba a pasar cerca del pozo, por lo que era inútil gastar energías gritando; también sabía que nadie lo echaría en falta hasta dentro de dos días. El móvil, como casi siempre, estaba fuera de cobertura y era probable que con esa humedad no siguiera operativo por mucho tiempo. Blanquita y Cascabel habían empezado a comerse los intestinos de Curiosa, que se habían precipitado fuera del vientre de la desafortunada cabra y colgaban como repulsivas y hediondas guirnaldas navideñas.
Se hizo de noche, llegó la oscuridad y también el frío. La fina película de sangre y mierda se había secado sobre la piel de Oskar e, inexplicablemente, parecía estar teniendo lugar algún tipo de reacción exotérmica entre la sangre y los excrementos de cabra que lo ayudaba a mantener la temperatura. Aun así, era evidente que no iba a ser suficiente para sobrevivir toda la noche, Oskar necesitaba un plan.
Gracias a algún tipo de milagro de la tecnología, la linterna del móvil seguía funcionando, así que Oskar empezó a buscar una ruta por la que poder trepar. El tejo estaba demasiado arriba, y la fría roca de las paredes apenas presentaba asideros para que un escuálido empollón, cuyas aptitudes atléticas se habían desarrollado, mayormente, en el cuarto de baño, pudiera trepar los más de 15 metros de pared totalmente vertical. Los intestinos de Curiosa podrían servir, pensó, pero cuando dirigió la luz al punto en el que habían caído ya no estaban, ni ellos, ni Blanquita ni Cascabel. Perplejo, movió frenéticamente el foco de la linterna por todo el pozo sin ser capaz de dar con ellas. Finalmente, localizo su rastro, las huellas terminaban en la sólida roca de la pared. Esperanzado, deslizó sus doloridas manos por la roca, esperando encontrar algún tipo de fisura o salida oculta que las sombras provocadas por la fría luz de la linterna del móvil no le permitían ver a simple vista, y menos con sus ojos miopes de tanto estudiar.
Beeeee…
¿Blanquita? ¿Cascabel?
Beeeee…
No podía ser, la cabra sonaba por encima de su cabeza. Oskar, intrigado, levantó la luz para descubrir como Blanquita y Cascabel subían por la pared vertical. Ya estaban a unos 4 metros de altura, como si la gravedad no existiera para ellas.
¿Cómo es posible? No hay ningún asidero, pensó Oskar.
Pero ahí estaban las dos cabras, desafiando, imperturbables, todas las leyes de la Física newtoniana que Oskar conocía al dedillo.
¿Quizás…? No, no puede ser.
Extrañamente animado, Oskar se dispuso a seguirlas; las huellas de las cabras podían verse en algunos puntos de la pared, pero él no era capaz de encontrar asidero alguno. Tras media docena de intentos, con sus correspondientes caídas desde no más de 30 cm de altura, Oskar acabó por torcerse el tobillo.
—¡Joder! ¡Me cago en mi puta vida! ¿Cómo cojones lo hacen?
Exhausto, Oskar dejó resbalar su espalda por la roca hasta acurrucarse en el suelo, intentando conservar el calor; la luz del móvil se apagó justo en ese momento. Desmoralizado, el pobre cabrero decidió que era mejor descansar e intentarlo de nuevo al salir el sol, si es que no moría antes congelado, así que cerró los ojos.
No habría pasado ni un segundo así cuando, repentinamente, el joven sintió una oleada de calidez reptando por su piel desde los pies hasta la cabeza; el calor hizo que el cansancio se esfumara y enseguida empezó a notar una plácida sensación de ingravidez. Sorprendido, abrió los ojos en la oscuridad y el efecto desapareció tan rápidamente como había llegado. Tras varias comprobaciones, Oskar creía poder asegurar que solo ocurría mientras mantenía los ojos cerrados. Además, en una de las pruebas, se dio cuenta de que se había elevado un metro sobre el suelo.
Se pellizcó para comprobar que no se trataba de un sueño y decidió intentarlo de nuevo. Con los ojos cerrados durante 20 segundos, logró elevarse unos pocos centímetros, no más de 15, pero si los mantenía 40 segundos no subía el doble, sino aproximadamente 20 centímetros. El siguiente intento lo llevó hasta los 80 segundos, alcanzando una altura de algo más de medio metro. La rapidez mental del doctor en Física que era le llevó rápidamente a concluir que había una relación exponencial entre el tiempo y la distancia. Calculó mentalmente y dedujo que iba a necesitar unos 180 segundos para alcanzar la salida del pozo. Debía tener cuidado, a la velocidad que había previsto alcanzar tras esa cantidad de tiempo, unos pocos instantes más o menos lo podrían dejar varios metros por encima o por debajo de la salida de la sima; además, sabía que en cuanto abriera los ojos, empezaría a caer, así que debía mantenerse lo más cerca posible de la pared para evitar precipitarse hasta el fondo.
A estas alturas ya no escuchaba a las cabras, seguramente ya estarían fuera, así que decidió intentarlo.
175, 176, 167, mierda, ¿iba por 160 o por 170?, joder, esto es viento…
Tal y como había practicado en el fondo del pozo, intentó alcanzar un lado para caer en tierra firme. Era consciente de que, sin un punto de apoyo, iba a ser incapaz de tomar impulso, pero, si no había calculado mal, solo necesitaría estirar el brazo. Al abrir los ojos, Oskar se encontraba a unos tres metros de altura por encima del pozo; rápidamente se percató de que el cortante viento de las montañas lo había arrastrado varios metros hacia el centro del agujero. En el pánico de la caída al vacío, Oskar cerró los ojos y el descenso se detuvo a apenas un metro del fondo del pozo.
Maldita sea, ¿cómo no has pensado en lo que pasaría con el viento? Puto subnormal.
En el siguiente intento, ya sabiendo en qué dirección iba el viento, Oskar alcanzó sin dificultades tierra firme fuera del pozo.
La universidad
Tras casi media hora esperando, y lo más pegado posible al edificio para evitar el intenso aguacero, por fin llegaba el autobús para subir a la universidad.
Tiritando, pero aliviado, se dispuso a subir al autobús tan pronto abriera las puertas, cosa que por la pinta no iba a suceder pronto. Entre el vaho de las ventanas se distinguía al conductor, un bulto oscuro sin cabeza. Oskar, molesto, se acercó y dio un par de golpes en la puerta, provocando que el conductor se irguiera con un respingo que casi le hace caer el móvil de las manos.
—Hasta menos cuarto no salimos. —Espetó, antes de que Oskar tuviera tiempo de decirle nada.
—¿Y no puedes abrir las puertas? Está diluviando.
—Haber cogido un paraguas. —Fue todo lo que respondió, antes de volver a encorvarse sobre la pantalla.
Finalmente, cuando por fin arrancaron, todos los viajeros se podían contar con los dedos de una mano, de una mano amputada, claro.
¿Quién coño va a coger el autobús a la universidad un puñetero 28 de diciembre? El subnormal de Oskar, que ha hecho caso a su madre y ha salido sin paraguas, y un señor de unos 70 años, con una raída y empapada mascarilla quirúrgica justo por debajo de la nariz, una enorme txapela de lana, una sucia gabardina verde y botas de agua salpicadas de barro.
El anciano llegó jadeando justo cuando se cerraban las puertas y Oskar, con prisa por arrancar de una vez, ayudó al hombre a subir el empapado carro que llevaba casi a rastras.
¿Qué demonios llevaba ese señor ahí? ¿Piedras? Mejor ni pregunto.
—¡Eskerrik asko, mutil!
—Nada, hombre, nada. —Contestó robóticamente mientras se cagaba mentalmente en todos sus antepasados y se regocijaba imaginando al viejo y al conductor aplastados por un yunque marca ACME.
Tras 40 minutos de viaje, subiendo y bajando montes entre huertas y enormes caseríos, el hombre se bajó en mitad de la nada y se perdió por un camino que bajaba hacia unas huertas, junto a una vieja mole industrial abandonada.
Tomates enriquecidos en lindano, plomo, y arsénico, pensó; seguro que el cabrón luego los vende en alguna tienda de esas de productos orgánicos.
Tras otra media hora dando vueltas por la Bizkaia profunda, el autobús llegó a la parada de la universidad.
—¿No entras a la uni? —Gritó al conductor.
—No, en Navidades damos la vuelta aquí fuera, nadie viene a la universidad estos días.
No hace falta que lo jures, pensó, mientras emitía un sonido gutural a modo de despedida.
No podía llover más, menos mal que llevaba las muestras en una botella hermética dentro de la mochila. Corrió los 700 u 800 metros que lo separaban de la primera entrada a la facultad de ciencias, se quedó mirando la puerta cerrada como un idiota durante un par de segundos y salió corriendo los 100 metros que lo separaban de la entrada principal; para su alivio, esta sí estaba abierta.
Traspasó el umbral, intentó secarse las suelas de los zapatos lo mejor que pudo en la desgastada alfombra de goma y avanzó un total de 5 pasos antes de resbalar aparatosamente y caer de espaldas, clavándose el contenido de la mochila en las lumbares.
Con toda la fuerza que pudo reunir, se dio la vuelta para quedarse ahí, tumbado boca abajo, en medio de la puerta automática interior, que se abría y se cerraba chocando con su cabeza, empapado, con unos enormes lagrimones formándose en sus ojos y frotándose la espalda mientras se inventaba los 3 primeros volúmenes del diccionario arameo-etrusco.
La viva imagen de la dignidad.
El eco de unos pasos lo sacó de su absorción al cabo de unos minutos, afortunadamente la puerta se había atascado tras media docena de ciclos de apertura-cierre. Con la inestimable ayuda de una ridícula sinfonía de carcajadas y aspiraciones nasales cada vez más próxima, intentó reunir la energía suficiente para empezar a levantarse. En ese preciso instante, unos inconfundibles crocks de color fucsia se detuvieron ante él, y a su lado, un par de elegantes zapatos de piel.
Agarrando la mano del hombre de los lujosos zapatos, recuperó la compostura para encontrarse cara a cara, nada más y nada menos, con el mismísimo Pablo Hidalgo, el Astronauta español y ministro de Ciencia y Tecnología. El político llevaba puesta una elegante mascarilla de la Nasa, perfectamente ajustada, y una divertida sonrisa en sus ojos; a su derecha, doblado sobre sí mismo, rojo como un tomate y alternando una tos rasposa con ridículas carcajadas, se encontraba su antiguo director de Tesis, Carlos Ostra.
—¿Te encuentras bien? Espero que no te hayas roto nada, —le dijo amablemente el señor Ministro—. Vamos a por un café caliente, me ha dicho el doctor Ostra que tienes algo muy interesante que enseñarme.
Tras pasarse toda la mañana metiendo en varias cajas los cuadernos, los cientos de artículos impresos, muy probablemente sin leer, los libros de abstracts de congresos y todas las pegatinas de Mr. Wonderfull que había dejado el antiguo inquilino de su nuevo medio escritorio en el despacho de becarios, Oskar se puso todo lo cómodo que pudo en su silla de respaldo bajo y encendió el portátil, sacó el sobre con las claves ldap que le habían entregado en la secretaría y tras 4 horas y 17 llamadas al CAU, consiguió conectar el ordenador a la Red WiFi de la universidad. Estaba tan cabreado que se le había olvidado hasta ir a comer. Colocó el candado al ordenador, alguien lo había enganchado en las barras de la enorme estufa de hierro que le estaba provocando quemaduras de segundo o tercer grado en la pierna derecha, y cogió la chaqueta para salir a ver si todavía quedaba algo para comer en alguna de las cafeterías.
Al final, por pura pereza, se compró un bocata de jamón y un refresco en el súper. Después se sentó en un bordillo y consultó por enésima vez la página de la universidad, a ver si ya habían publicado su contrato.
¿Cómo que al 50 % de jornada?
La caja
24 de noviembre de 2003, 23:58 horas, sala segura en los sótanos de Sabin-Etxea.
—¿Ha llegado el Lehendakari?—
—Ya está aquí, señor, prepare la caja para su apertura.
La caja, encontrada de casualidad junto a una nota tras una falsa pared en unas reformas en 1996, era una caja de madera de roble con un lauburu grabado en la portezuela. Un pasador, también de madera de roble, mantenía la caja cerrada desde hacía más de 100 años. La nota, que Lucía había leído miles de veces, era una sencilla orden firmada por el mismísimo Sabino Arana, “no abrir hasta 100 años después de mi muerte”.
—Bien, señorita Ferreira, es la hora. ¿Quiere hacer los honores?
Lucía asintió, se secó el sudor frío que resbalaba por su frente, contuvo el aliento, y empujó con un dedo el pasador de madera. Inesperadamente, este se deslizó suavemente sin oponer la menor resistencia y la portezuela se abrió hacia afuera emitiendo un lastimero gemido.
Tras varias horas de estudio, el legajo de papeles que había en el interior de la caja se encontraba sobre la mesa dividido en 4 montones, el último de ellos solo tenía una hoja. El Lehendakari, levantando la mirada y visiblemente desencajado, miró a los ojos al resto de personas presentes en la pequeña sala, como buscando algo en lo que apoyarse. Lucía tragó saliva y desvió la mirada hacia el techo, todos los demás tenían la vista centrada en algo interesantísimo que debía estar sucediendo simultáneamente entre sus respectivos pares de zapatos. Nadie dijo nada.
Tembloroso, el Lehendakari apoyó las dos manos en la mesa, y, con lo que parecía un esfuerzo titánico, se levantó, miró de nuevo uno a uno a todos los asistentes y se giró para marcharse.
—Esto no debe salir de aquí. —Susurró casi sin aliento.
Se detuvo frente a la puerta unos segundos, meditabundo, y giró el pomo. Una ráfaga de aire fresco inundó la viciada sala, el Lehendakari inhalo profundamente, abrió los ojos y antes de perderse al otro lado de la puerta dijo.
—Ya sabéis lo que hay que hacer.
Tan solo un año después ya tenían el plan, iba a ser necesaria mucha imaginación y untar a mucha gente, pero el Lehendakari no creía que fuera a tener demasiados problemas para convencer a la población de que era normal que las obras del tren de alta velocidad se alargaran 20 o 30 años, la clave estaba en conseguir que parezca que se está haciendo algo.
El Proyecto
Oskar se ajustó la mascarilla y se agarró con todas sus fuerzas a los últimos 15 cm de barra de acero que quedaban libres de manos en todo el autobús.
Menos mal que estamos en una pandemia, pensó. A ver cuando acaba el curso y puedo subir a la universidad sentado.
Sacó el libro que estaba leyendo, lo sujetó entre el pulgar y los otros 4 dedos de la mano izquierda, haciendo palanca, y logró leer tres líneas antes de que, en una curva, se le resbalase la mochila por el brazo y le hiciera tirar el libro encima de una estudiante que iba sentada en la escalerilla.
—Cagontuputamadre, puto friki de mierda. —Le espetó la muchacha con una mirada de odio.
—Disculpa, la curva…
Al llegar a la universidad, aprovechando que los que iban sentados en la escalerilla se habían levantado, consiguió los 40 cm de espacio que necesitaba para agacharse, escurriéndose cómo una anguila, y recuperar su libro pisoteado.
—Buenas. —Saludó al entrar en su despacho, mientras se iba quitando capas de ropa y apilándolas sobre su silla.
—Egunon.
Respondieron un par de compañeras, con sus extraños acentos; el cantarín acento gallego de Eli, una química analítica de Vigo, que había sido contratada con el otro 50 % de jornada del dinero del departamento para contratos, y el suave acento andaluz de Rocío, la ingeniera aeroespacial malagueña que había seleccionado el propio ministro para ocuparse del desarrollo de los sistemas de control, la única que cobraba a jornada completa.
Un —aúpa— casi susurrando, le hizo percatarse de la presencia de Mikel, el otro vasco, que se afanaba, tirado en el suelo, en conectar el nuevo ordenador con el que iban a analizar los datos. Mikel ni siquiera cobraba, estaba haciendo el TFM en el departamento y se lo había asignado Carlos para que se ocupara de hacer de técnico de laboratorio gratuito.
Me tenía que haber quedado con las cabras, ¡me cago en la puta de oros!
Hoy era un día importante, el plazo para presentar el proyecto al ministerio finalizaba a las 12. Revisó su correo y comprobó que aún no le había llegado la última corrección de Carlos, así que se acercó a su despacho.
—Carlos ¡Hostias! Que hoy se acaba el plazo. Ya sé que el ministro dijo que nos lo iba a dar sí o sí, pero hay que enviarlo.
—Vale, vale, ahora te lo mando. Ah, y dile a Mikel que se pase por la secretaría a por un paquete de folios, que se me han terminado.
Ya estaba todo en marcha, en cuanto les aceptaran el proyecto, empezaría a cobrar al 100 % de jornada y, con suerte, le llegaría para irse de casa de su madre, después de unos meses de independencia en la montaña se sentía atrapado en su cuarto. Eso sí, en los dos meses que habían pasado desde que estaba de vuelta ya había recuperado los 5 kilos que había perdido trabajando como cabrero.
El proyecto se dividía en dos líneas, la optimización del combustible y el desarrollo del motor.
Filtración
—Hola, ama.
—Hola, Mikel, ¿Cómo ha ido el día?
Lucía estaba agotada, lo último que le apetecía era hablar con nadie, pero no quería parecer una borde con su hijo. Había sido decisión suya tenerlo, aun no pudiendo darle más apellido que el suyo, y ahora tocaba apechugar.
—Bien, el grupo ya ha conseguido la financiación.
—¿Eso significa que van a empezar a pagarte algo? —Respondió, sin poder evitar que la bilis acidificara un poco el tono de sus palabras.
—No, claro, qué cosas tienes, ama. Pero el proyecto es interesantísimo.
Lucía, que había conseguido quitarse los zapatos, se dejó caer en el sofá y se abrió una cerveza.
—Vamos a crear un motor antigravitatorio.
Escupiendo la cerveza como un aspersor, la viceLehendakari se incorporó de un salto.
—Cuenta, cuenta. —Llamó a su hijo dando unos golpecitos con la palma de la mano en el sofá.
…
—Es tal como Sabino predijo. —Chilló, dejando caer un cuaderno en la mesa del Lehendakari mientras la puerta se cerraba a sus espaldas.
—¿De qué demonios estás hablando, Lucía?
—Creo que tenemos el motor…
El Lehendakari se levantó de su silla y cogió el cuaderno.
—Puede que haya un problema, señor.
—Me ocuparé de ello, ordena que lo preparen todo. Después de todo, era cierto…
—Sí, señor.
—Pero eso significa que…
—El fin de los días.
—Sí, eso mismo.
—¿Reviso la lista, señor?
—Ya la comprobaré yo, ocúpate de lo demás.
Dilema
—Tienes que alargar tu TFM, Mikel, es por Euskadi.
—No me jodas, ama. Ya lo he suspendido una vez, me voy a quedar sin el título. Además, ¿no dices que la información que te he dado no sirve para nada?
—Tu hijo tiene razón, Lucía, Necesitamos al doctor Jete, sin él, la información que ha conseguido Mikel no sirve para nada.
—A ver, Mikel. ¿Cabras?
—No sé más, mamá, solo sé que me paso el día analizando mierda de cabra. Mi proyecto es una purificación para extraer el azufre de los excrementos.
El Lehendakari se dejó caer en su sillón y miró a los científicos presentes.
—¿Algo de esto tiene sentido para ustedes? —Dijo, señalando las hojas, llenas de garabatos, que había esparcidas por todo el escritorio.
—Señor, todo esto es una estupidez…
—Pero sabemos que es cierto. —Intervino Lucía.
—Es imposible, señora Ferreira.
—¿Estás poniendo en duda las profecías de Sabino? —Explotó el Lehendakari.
—Jamás osaría a hacer tal cosa, señor. Quizá el error esté en la interpretación.
—La interpretación es clara y evidente, y el tiempo se nos está agotando. ¿Qué hacemos, Lucía?
—Solo podemos hacer una cosa, Imanol.
El Lehendakari se echó hacia adelante y hundió la cabeza entre las manos.
—¿Y si intentamos hacer una oferta?
—Una oferta pondría al CNI de sobre aviso, perderíamos la ventaja de la sorpresa.
—¿Qué ha dicho la dirección del partido?
—Que es nuestra única prioridad.
El Lehendakari se levantó y ordenó a los científicos que abandonaran la sala. Lucía pidió a Mikel que los acompañara.
—Es por Euskadi. —Susurró al oído del Lehendakari cuando se quedaron solos.
—Sí, por Euskadi. —Repitió el líder de todos los vascos, sin apartar los ojos del escote de Lucía.
—Daré la orden. — Dijo mientras se bajaba las medias y se sentaba sobre sus piernas.
Truco o trato
Oskar se bajó del autobús e hizo una profunda inhalación al quitarse la mascarilla. Un intenso olor a aceite quemado y azúcar derretido inundó sus fosas nasales y lo hizo salivar.
¡Churros!
Se acercó al puesto y pidió media docena de buñuelos. Un hombre bajito, musculado y con una camisa blanca cubierta de chorretones de aceite se los sirvió al momento.
—¿No los tienes recién hechos? —Preguntó Oskar, un poco decepcionado.
—No hasta que no se acaben estos. —Respondió señalando la bandeja, en la que ya no quedaba ninguno.
—Pues ponme otra media docena.
Xjkxkkjjjssiiiiissssss…
—El zorro está en el gallinero. —Dijo una voz con sonido de lata a través de la radio.
—Es Uriarte, el chaval ya ha cogido el paquete.
—Hace todos los días lo mismo, es evidente que el CNI no se espera nada. Va a ser pan comido.
Empezando por los recién salidos del aceite, Oskar comenzó a comerse los buñuelos de camino a la puerta del edificio en el que vivía. Después de comerse los cinco primeros, un retortijón le indicó que su estómago suplicaba que se detuviera. Ya estaba llegando, se comió uno más y retorció el papel del cucurucho para cerrar el paquete.
Después de cenar me como el resto, pensó. Total, estos ya están fríos.
Kxjiiiiigsgsgspiiiiiiiiiii…
—No puedo confirmar que el pez haya mordido el anzuelo.
—¿Qué ocurre, Gabilondo?
—Ha comido parte, pero no todo. Uriarte no debería de haber vendido más buñuelos al chico.
—¡Oye! ¡Maite! No me jodas, ¿eh?
—¡Ramón, joder! Es la puta verdad, ¿Para qué hostias le das más buñuelos?
—¿Y qué quieres que le diga? Estaba en mi papel…
—¡Me cago en tu pu…!
—¡Agentes! ¡Dejen de hacer el gilipollas y resuélvanlo! —Gritó Lucía por su terminal.
—Sí, señora.
Al cerrar el grifo, casi imperceptible tras el sonido de la cisterna llenándose de agua, Oskar escuchó el sonido del timbre.
¿Quién coño será a estas horas? Se preguntaba mientras recorría el pasillo en dirección a la puerta. El timbre sonó de nuevo, con insistencia.
—¡Ya voy!
Al pasar junto a la cocina vio el paquete con los buñuelos restantes y dudó un momento.
¡No! Que si no, luego no me acabo el kebab.
Cogió el telefonillo y apretó el botón de apertura, sin preguntar quién era.
Será propaganda o algo así.
Continuó por el hall y entró en la sala, se sentó y, mientras se encendía la televisión, sacó el móvil y se abrió una lata de Coca-Cola.
Toc, toc…
Al principio pensó que se le había caído algo al suelo de madera; se incorporó sin levantarse para echar un vistazo al suelo alrededor de sus pies.
Qué raro…
Se levantó y se echó al suelo de rodillas, para mirar debajo del sofá.
Toc, toc, toc… sonó de nuevo, con insistencia.
Desde que vivía en ese piso, nunca jamás había llamado nadie a la puerta, pero era evidente que eso era lo que estaba pasando.
—¡Ya voy!
Al abrir la puerta, un hombre bajito y una joven de aspecto risueño le saludaron con un —buenas tardes. —Ambos vestían un elegante traje de color negro con camisa blanca y corbata, la única diferencia era que ella llevaba falda en lugar de pantalón.
—¡Trato! —Bromeó como respuesta.
Los dos se quedaron en silencio, sin saber qué decir.
La cara del hombre me suena de algo, pensó.
—¿Qué desean? Estoy muy ocupado.
—¿Ha oído hablar de John Smith? —Preguntó el hombre, sin más miramientos.
—Joseph. —Lo interrumpió la joven de cabellos dorados—. Joseph Smith.
El hombre enrojeció hasta las orejas y giró la cabeza para lanzar una mirada fulminante a su compañera.
—No tengo tiempo para tonterías. —Los cortó Oskar mientras cerraba la puerta en la cara de sus interlocutores.
HHkflRRRghhtttpiiiiigaaaooiissshhh…
—El pavo está en el horno y no hay moros en la costa, ¿entramos antes de que el pájaro vuele? No parece relleno.
—¿Qué rayos dice, agente Uriarte?
—Que el objetivo sigue dentro y no está drogado. —Respondió la agente Gabilondo—. Y que Uriarte es un poco imbécil.
—Fuera todo está tranquilo, hacedlo ahora.
Por Euskadi
Oskar se frotó el chichón con las dos manos atadas y miró a su alrededor. Estaban en una enorme nave industrial, o algo parecido; no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí, lo habían mantenido con la capucha todo el viaje.
—¿Dónde estamos? ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué estoy aquí? —Las preguntas brotaron como un torrente en cuanto unas manos femeninas le soltaron la mordaza.
—Bienvenido al proyecto Askatasuna, doctor Jete. —Respondió la misma mujer que le había quitado el trapo de la boca.
Su voz era familiar para Oskar, la había oído en alguna parte, pero no era capaz de recordar dónde.
—Enciende las luces, Julen.
Se encendieron cientos de enormes focos, situados a una altura inconcebible para cualquier edificio que Oskar fuera capaz de imaginar. Se encontraban en un extremo de una colosal estancia sin ventanas, en el centro de la estancia un gargantuesco edificio ¿o era una nave espacial? impedía ver qué había más allá.
—¿Qué… qué es eso?
—Eso, amiguito, es en lo que nos hemos estado gastando el dinero para el tren de alta velocidad los últimos 20 años.
—¿Por qué?
—Porque en menos de 2 meses, el planeta tierra será pulverizado por un meteorito del tamaño del Gorbea. Lo hemos bautizado como “Madrid” Ja, ja, ja…
Oskar se giró para ver la cara de la mujer, pero uno de los dos hombres que lo flanqueaban lo detuvo.
—Tranquilo, Patxi. Deja que se dé la vuelta, ya habrá reconocido mi voz.
—¿Cómo sabéis eso?
—Eso no es asunto tuyo.
—¿Qué queréis de mí?
—Tu motor antigravitatorio.
—¿Para qué?
—Para hacer volar la “Txapela”
—¿La qué?
—La nave espacial.
Pam, pam…
La conversación se vio interrumpida por el sonido de dos lejanas detonaciones y la pequeña radio que llevaba el hombre que estaba a la derecha de Oskar empezó a vibrar. El sonido apresurado de unos tacones alejándose a su espalda dejó claro que el joven doctor no iba a recibir más explicaciones, al menos de momento.
Patxi, el de la izquierda, agarró a Oskar del brazo y lo arrastró hasta un pequeño habitáculo en un lateral de la nave.
—Espera aquí. .
—¿Por qué hacéis esto?
—¡Por Euskadi! —Respondió mientras sacaba una pistola de debajo de su chaqueta y la amartillaba.
Atrapados
—Están rodeados, tiren las armas y entréguense. —Repitió por tercera vez la voz de un hombre, distorsionada por el megáfono.
—¡Maldita sea, Eneko! ¿Cómo nos han encontrado?
—Alguien debía de estar vigilando al chico, señora.
—Debemos alejarlos de aquí, ¿alguna idea?
—El de las ideas es Patxi, señora.
—¿Dónde está?
—Ahora viene.
—Contenlos, voy a hacer algunas llamadas.
Varios minutos después, cuando la poderosa viceLehendakari regresó, Patxi ya había llegado y urdido un plan.
—¿Y tú eres el listo? —Espetó Lucía después de oírlo.
—Si logramos que piensen que nos llevamos al chaval, no sospecharán nada.
—¡Claro! —Respondió con sorna, mientras cogía una barrita de chocolate de una estantería—. ¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí? ¿Cómo narices vamos a hacer eso? El coche está a más de 50 metros de la puerta.
—Yo me ocupo de eso. —Intervino Eneko.
El fornido agente abrió un cajón bajo el mostrador y, tras apartar algunas cajetillas de tabaco, librillos de papel y bolsas con filtros, apretó una pestaña y levantó el fondo.
—¿Eso es lo que parece?
—Un fusil M4A1 equipado con un lanzagranadas, 900 disparos por minuto. Esto igualará las cosas durante unos segundos.
—¿Cuántos?
—900
—¡No! ¿Cuántos segundos?
—No estoy seguro, ¿10? ¿20?
—¡Maldita sea!
La política empezó a descalzarse y Patxi comenzó a echar paquetes de tabaco y todo lo que encontró por el estanco encima de una alfombra.
—¿Colará?
—Depende de la distracción que consiga Eneko. ¿El hangar está seguro?
—Jamás lo encontrarían.
El agente enrolló la alfombra y se la echó al hombro. Lucía se guardó los zapatos en el bolso y rasgó la parte de abajo de su vestido, para poder correr mejor. Eneko enganchó el primer cargador, abrió la puerta y disparó una granada.
Negociar
Oskar llevaba varias horas allí metido, en la más absoluta oscuridad, y empezaba a temer que se hubieran olvidado de él.
Tengo que salir de aquí, empezó a gritarle su claustrofóbico subconsciente.
Tanteó suelo y paredes en busca de algo que le pudiera servir; no había nada de utilidad, exceptuando la vieja silla de oficina en la que estaba sentado, una mesa en forma de L y un cuadro, recubierto de metacrilato, en la pared.
Seguro que es el título de algún doctor, pensó con sorna.
—Ya sé que es una gilipollez. —Dijo, hablando consigo mismo—. Pero…
Se acercó, tanteando la pared, ya que se había desorientado con la búsqueda, hasta dar con la puerta por la que habían entrado. Buscó la manilla, la giró hacia abajo y la puerta se abrió en un ridículo chirrido, como la risa de una hiena.
Muy apropiado, pensó. ¿Cómo puedo ser tan imbécil?
La viceLehendakari daba vueltas alrededor de la mesa de su jefe, frenética; el primero de todos los vascos levantaba una ceja cada vez que pasaba por delante, pero se mantenía impertérrito, con ese gesto serio y pensativo que tanto ponía a Lucía.
—Tranquila. —Dijo finalmente—. Saben que lo tenemos, pero no saben dónde. Tendremos con qué negociar.
—¿Negociar?
—Ellos no conocen las profecías, estoy seguro de que puedo estirarlo los 2 meses que necesitamos. Propondré crear una comisión.
—Buena idea, Imanol.
—Hay que poner a trabajar al chaval lo antes posible, no nos queda mucho tiempo.
—Lo sé, querido. —Respondió, mientras tiraba los restos del vestido hecho trizas en la papelera—. Pide que me traigan ropa limpia, pero diles que nos den 5 minutos.
—¿Cinco?
Txapela
Oskar trabajaba a contrarreloj, el tiempo se les estaba echando encima y no contaba con la ayuda de Eli y Rocío. Por lo menos le habían traído a Mikel.
Era imposible hacer esto en menos de dos meses. Solo queda una semana, tendrá que ser un apaño y ya veremos en órbita si se puede mejorar.
Mikel llegó con el café y se sentó en su mesa a ojear el periódico.
—Menudo robo ayer.
—¿Robo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Qué? —Chilló Oskar, levantando los ojos en dirección a Mikel—. ¿Otra vez el rebaño?
—No, no, jefe. El Athletic. El puto árbitro…
—¡Vete a tomar por culo!
—Tranquilízate, jefe. Eso ya está, solo hay que cerrarlo y funcionará.
—Necesitamos un flujo constante, y una forma de poder abrirlo en caso de necesidad, así que no, no está. Si no vas a ayudarme, ve a recoger más muestras al establo. Nos estamos quedando sin mierda húmeda.
Mikel se levantó, cogió el vaso de precipitados en el que una sustancia oscura daba vueltas con un agitador magnético y lo derramó encima de la esfera que Oskar estaba manipulando. La esfera se calentó y salió disparada hacia el techo; primero subió muy despacio, pero al llegar arriba, a más de 10 metros de altura, llevaba suficiente velocidad como para hacer un buen bollo en la escayola.
—¿Tú eres subnormal o qué?
—Ja, ja, ja, ja. —Se rio el becario—. Te preocupas demasiado, ya lo tienes, ¿no lo ves?
Oskar miró hacia arriba y puso los brazos en jarras.
¡Maldita sea! Tiene razón.
La esfera seguía allí, intentando atravesar el techo, y sin dar muestra alguna de desfallecimiento. El dispositivo homogeneizador había funcionado. Sacó el mando del bolsillo, levantó la tapa de seguridad y, con el dedo tembloroso por la emoción, apretó el botón.
La esfera dejó de girar al cabo de unos segundos y se desplomó.
—¡Yihiiii! —Gritó Mikel.
—Aún es muy lento.
—Y qué más da, ¡Vuela! Vamos a probarlo en la Txapela.
—No, si no reduzco el tiempo de reacción podríamos arrancar el techo.
Comisión
El ministro Hidalgo, con las dos manos apoyadas en la enorme mesa de madera de roble, miraba fijamente al Lehendakari, su ceño evidenciaba su enorme irritación.
—Ya hemos transferido todas las competencias que faltaban, ¿qué más queréis?
El Lehendakari, imperturbable como siempre, se levantó de la mesa y se acercó a su corrillo de consejeros sin responder.
—Nos están dando todo lo que pedimos, joder. —Susurró—. ¿Cómo hostias vamos a alargar esto si ni siquiera negocian?
—¿Todo? ¿En serio? —Preguntó Lucía.
—Sí, hasta lo del Athletic.
—¡No me jodas! —El consejero Egiluz tenía una sonrisa de oreja a oreja, como un niño.
—Parecen desesperados, ¿no se habrá ido alguien de la lengua?
—Si lo supieran ya habrían mandado los tanques, Luci… digo Ferreira.
—Algo tiene que haber. —Dijo otro consejero, Argote. —Y si les pedimos que abdique el Borbón.
—¡Hostia puta! —Exclamó Lucía.
—¡Joder! ¡Qué buena! —Añadió Artaza—. Ja, ja, ja…
Putos vascos, pensaba en ese momento Pablo Hidalgo, viendo cómo se descojonaban en el corrillo de representantes. Su móvil empezó a vibrar.
—Gutiérrez, ¿alguna novedad?
—No, señor, bueno, sí.
—¿Sí o no, Gutiérrez? No me toque los huevos, que bastante tengo con estos hijos de puta.
—No tenemos ni puta idea de dónde está, señor, pero…
—¿Pero qué?
—Debería mirar la televisión.
—¡Me cago en tu vida! ¡Estoy en una reunión! No puedo mirar la televisión.
—Un meteorito se acerca a la tierra, señor, uno muy grande.
—Ya se ocuparán los Americanos.
—Viene directo al golfo de Bizkaia, señor y es más grande que 346 Bernabéus.
—¡Hijos de puta!
—¿Señor?
—Esos hijos de mil padres lo sabían. ¡Pide a Alcázar que mande todos los putos tanques!
—¿Señor?
—Da igual, ya voy yo.
El móvil salió volando por la ventana y el ministro se levantó de la mesa.
—Señores. —Dijo solemnemente. —Las negociaciones de paz han terminado.
El Lehendakari se giró y miró a los ojos al ministro; sin decir una palabra y con un rostro inescrutable, como el de los mejores jugadores de póker, se acercó a la mesa.
—No se acerque más, señor Lehendakari.
El líder vasco continuó avanzando.
—Creo que no me ha entendido bien. España acaba de declarar formalmente la guerra al país Vasco.
El Lehendakari se detuvo y uno de los consejeros, aún sonriente al pensar que el Athletic iba a ganar la liga, susurró algo al oído de su jefe.
—¡Ah! ¡Vale! —Fue todo lo que dijo, mirando al ministro y encogiéndose de hombros.
—Entréguennos al muchacho o lo lamentarán. —Bramó Hidalgo, fuera de sus casillas con la reacción de su adversario.
—¿Qué le parece si organizamos una comisión para hablar de las condiciones del armisticio? —Interrumpió Lucía.
Nadie quedará atrás
El olor de las brasas que inundaba la estancia fue rápidamente reemplazado por el desagradable aroma del humo de los puros.
—¡Mutil! Echa más patxarán ahí, que pagan todos los vascos. —Gritó Artaza, levantando la copa.
—A ver, señores. ¿Entonces? ¿Estamos todos de acuerdo con la lista?
Entre risas, los comensales cogieron la carpetilla y echaron un vistazo por encima.
—Está de puta madre, Imanol. —Dijo uno.
—Ya te digo, añadió el de al lado.
—Yo veo un problema. —Dijo una mujer, en el otro extremo de la mesa.
—¿Qué problema, Ahinoa?
—En esta lista solo vamos dirigentes del partido, empresarios, artistas y millonarios.
—¿Y qué pasa, pues? —Preguntó Artaza—. ¿Te dan pena los pobres o qué?
—¿Y quién cojones va a limpiar ahí arriba, imbécil? ¿Quién va a hacer la comida? ¿Quién hostias va a trabajar?
—Las mujeres, claro. —Respondió otro—. Ja, ja, ja, que no mujer, qué era broma.
—¡Hostia puta! Tienes razón. —Dijo Artaza, rascándose el mentón.
El resto se quedó mirando hacia el líder del partido, en silencio.
—A tomar por culo mandos menores y sus familias. Imanol, méteme por lo menos 4 currelas por cada uno de nosotros.
—Pero si casi no hay sitio.
—Por cada uno de nosotros, joder, los más pringaos que se busquen la vida.
—¿Y a quiénes quito?
—Tú sabrás, pero los currelas que sean del partido, ¿eh? Que no quiero huelgas.
Despedida
Oskar apuntó el número, 457, en su block y se guardó el bolígrafo en el bolsillo. No era mucho, pero sería suficiente. 457 cabras y 34 carneros, si el soporte vital aguantaba, las cabras también lo harían. Ahora tenía que hacer la maleta.
Al llegar a su habitación llamó a la puerta.
Toc, toc…
Mikel le había asegurado que sus padres ya estaban allí, pero no contestó nadie.
Qué raro, ¿les estará enseñando la Txapela?
Se dispuso a dar la vuelta cuando dos manos lo sujetaron, una de cada brazo, y lo metieron en su habitación.
—Lo siento, doctor Jete, no hay sitio para usted y su familia en la Txapela.
—¿Qué?
—Le estaremos tremendamente agradecidos toda la vida. —Continuó leyendo con voz monótona el agente.
—No podéis hacer esto, ¿quién va a controlar el motor?
—El doctor Mikel Ferreira se ocupará de todo.
—Mikel no es doctor, es un becario. ¡Os habéis vuelto locos!
—Mikel es del partido, es de fiar. —Contestó la voz de la viceLehendakari por la megafonía interna.
—¿No has tenido agallas a venir a decírmelo en persona? —Gritó hacia el altavoz, con los ojos llenos de lágrimas.
—Piensa en todo lo bueno que has conseguido por Euskadi.
—¡Vete a tomar por culo!
Oskar se abalanzó sobre uno de los dos agentes y metió la mano en su sobaquera, buscando el arma. Pero no había ninguna. Algo duro le golpeó en la nuca y cayó inconsciente.
Cuando despertó, sobresaltado por la vibración, se levantó y se abalanzó sobre la puerta. Corrió por los pasillos hasta llegar a donde debería estar el hangar, pero solo encontró escombros a cielo abierto. Un punto oscuro lanzó un destello en todo lo alto, antes de desaparecer tras una pequeña nube.
El puto fin del mundo y hace un día cojonudo en Euskadi. ¡Manda huevos!
Se recostó hacia atrás y empezó a reírse con todas sus ganas, una risa maníaca, como la de un corsario. Las lágrimas brotaban de sus ojos y se llevó la mano al bolsillo para coger un pañuelo. Un hombre se acercó a la pila de escombros, era Patxi, uno de los matones de la viceLehendakari.
—¿Qué coño haces aquí? —Le espetó.
—No cabíamos todos.
—Y una polla.
—Ya da lo mismo, ¿no?
Un punto muy brillante empezó a hacerse visible en el horizonte, a la izquierda de la nube tras la que había desaparecido la Txapela.
—¿Eso es…?
—Sí, creo que sí. —Respondió Oskar.
Se quedaron así, en silencio, mirando cómo se acercaba el apocalipsis. De repente, un punto oscuro apareció en el horizonte, mucho más abajo que la nube y que el meteorito, haciéndose más grande a medida que se acercaba. El helicóptero aterrizó en medio de la explanada y, al cabo de un rato, alguien se sentó a su lado.
—¡Qué hijos de puta!
—Sí, Rocío, qué hijos de la grandísima puta. ¿Has venido con el ministro?
—Así es.
—¿Para qué?
—Quería ver cómo lo habéis hecho.
—¿Y qué te ha parecido?
—¿Quién ha calculado la trayectoria?
—Supongo que Mikel.
Encargados
Artaza apartó la cabra de una patada y entró en el puente de mando.
—¿Qué coño está pasando Mikel? ¿Vamos directos a esa cosa?
—Tranqui, abuelo, está todo controlado.
Mikel apretó un botón en el teclado de su ordenador y todos los presentes miraron hacia la pantalla. Mikel apretó otra vez el botón, y otra, y una vez más, hasta acabar dando puñetazos a todo el teclado y lanzando el ordenador al suelo. Rojo de ira miró a todos los que lo rodeaban. Artaza estaba blanco, como un cadáver.
—Tranquilo, solo es un poco de retardo.
La enorme mole del meteorito se hacía cada vez más grande en el monitor.
—Hay que hacerlo de forma manual. Pero tranquilos, hay tiempo y es pan comido.
Artaza, más relajado, se sentó al lado del chaval, que empezó a pulsar números en la pantalla de su teléfono.
—¿Tenemos cobertura aquí arriba? —Preguntó Artaza.
—Claro, es una de las primeras cosas que se contrató. Un amigo de mi madre es el director de eu…
—Vale, vale, no te distraigas.
Mikel pulsó el botón de llamada.
—¿Maquinaria?
—A la orden.
—Necesito que ajustéis los compresores que regulan la apertura de la esfera norte. ¡Rápido!
—Un momento.
Mikel esperó 4 largos minutos con el teléfono pegado a la oreja. El meteorito ya cubría prácticamente toda la pantalla y Artaza estaba sudando a chorros.
—Pásame ese teléfono, chaval, aquí hace falta un poco de autoridad.
Mikel alcanzó el teléfono al líder del partido, que empezó a gritar al micrófono.
—¡García! Sé que estás ahí, contesta ahora mismo, soy Artaza.
—Señor.
—¿Por qué no hacéis lo que os han ordenado?
—Señor…
—Ni señor ni hostias.
—Es que no tenemos ni idea, ¿nos podría decir qué aspecto tienen esos compresores?
—¿Y dónde está la esfera norte? —Dijo otra voz por detrás de la de García.
Artaza pasó el teléfono a Mikel de nuevo.
—Que cómo son los compresores, preguntan.
—Yo qué sé, compresores, ¿no son los especialistas en eso? —Respondió el chaval, negándose a coger el móvil.
Artaza se lo llevó otra vez a la oreja.
—¡García! ¡Me cago en mi puta estampa! ¿No sabes cómo es un compresor?
—De eso se ocupaban los operarios, señor.
—¿Y tú qué coño hacías?
—Yo me aseguraba de que estuvieran en el trabajo y de que no fueran a cagar.
—¡Me cago en san dios! ¿No hay nadie ahí que sepa hacer nada?
—No, señor. Somos todos encargados.
El fin
De pronto, una gigantesca explosión iluminó el cielo, haciendo que los espectadores tuvieran que cerrar los ojos y girar sus cabezas.
—Aham…
—¡Joder!
El ministro Hidalgo se sentó a su lado, con una sonrisa en la boca.
—Parece que esos valientes han salvado el planeta. —Dijo, sin dejar de mirar al cielo.
Una lluvia de estrellas fugaces cubría el horizonte, como si de un espectáculo pirotécnico se tratara.
—¿Y ahora?
—Ahora, chaval, vamos a terminar lo que habíamos empezado.
